Diario de León

TRIBUNA

Héroes anónimos y villanos de relumbrón

Publicado por
José Luis Gavilanes Laso. Escritor
León

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El papel de héroe parece reservado a individuos ilustres o famosos, como personajes protagonistas de alguna acción heroica, o destacados por sus hazañas o virtudes. No entran en la épica social los seres anónimos que han desgastado su vida en el andamio de todos los días, las galerías de todas las noches, las aguas de todos los mares… Tampoco aquellos que abandonaron su país para poder comer, alimentándolo luego con sus ahorros y elevarlo al rango de país desarrollado. Por el contrario, del villano tomemos, de momento, la acepción indecorosa de «ruin», «vil» «indigno» y «aprovechado» ciudadano.

Se cumple por estas fechas el tercer aniversario de la muerte de uno de esos héroes anónimos. Formó parte de la diáspora económica de cientos de miles de españoles que abandonaron su país a mediados del siglo pasado. Permitaseme que hable de él por ser un familiar mío, y lo hago sólo como paradigma de todos ellos. Huérfana de padre y madre, mi tía dejaba un país vacío de tolerancia, pero lleno de miedos, de hambre y de miseria, sin recobrar todavía el nivel de vida de treinta años antes. Ni el Estado, mantenedor y garante de derechos y obligaciones, ni allegados con posibles o con aprietos le daban ya cobijo para subsistir decentemente. En tierra gala, a la que llegó con lo puesto, trabajó con ahínco durante cuarenta años de doméstica en mansiones de familias acomodadas. Como la mayoría de sus compatriotas, vivió de forma sencilla, casi monacal. Consiguió reunir un dinero que transfería a España, invertido en cuentas bancarias (afortunadamente no habían nacido todavía las «participaciones preferentes», «obligaciones subordinadas» u otros tóxicos productos financieros) y en la compra de un par de pisos que le dieron, además de disgustos por alquiler, buenos rendimientos cuando los vendió. Y ayudó económicamente a su familia cuando y cuanto se lo demandó. Por los 90, con la salud maltrecha por edad y operaciones quirúrgicas, regresó definitivamente a España. Adquirió una vivienda en Salamanca donde había nacido, en la que se sintió mucho más feliz que en el tabuco parisino. Cumplió estrictamente sus deberes fiscales, incluido impuesto sobre el Patrimonio. Acabó sus días, sin agobios, gracias a los intereses del pequeño capital acumulado, la pensión de la Seguridad Social francesa y la ayuda de sus familiares.

Estamos, pues, ante uno de esos héroes anónimos y humildes, más conocidos como villanos en su otra acepción de «individuo del estado llano», a contrapelo del famoso o del vividor, parásito o inútil de relumbrón, antes muerto que sencillo, y a reclamo del aplauso como si de héroe se tratase.

Contribuyó mi tía, en su parte decimal, al florecimiento de la economía española, ahora desflorada por, dicen, especuladores de mercado, incontinencia codiciosa de gestores financieros y políticos corruptos.

La Agencia Tributaria, Ayuntamiento, Diputación, Comunidad autónoma, notarios y registradores de la propiedad, empresas constructoras con todas las industrias y oficios afines o subsidiarios, etc.; esto es, de algún modo, todas las administraciones y los sectores productivos de la economía española se han beneficiado de su trabajo, ahorro y sacrificio. ¿Qué recompensa obtuvo del Estado español? Dejando fuera de juego la prestación sanitaria, —que recibió como cualquiera de los sin papeles o no contribuyentes— y la solicitud de una prestación a la arrumbada Ley de Dependencia —que no le llegó a tiempo—, pues, nada, absolutamente nada. Por estar soltera y no haber tenido descendencia tuvo que recibir ayuda de hermanos y sobrinos hasta concluir en una residencia de ancianos poco antes de su muerte. Como, al contrario de otras autonomías, la Junta de Castilla y León tiene vigente un Impuesto de Sucesiones y Donaciones, los parientes a partir del primer grado: hermanos, sobrinos, primos…, hayan o no cumplido el papel de padres o hijos del finado, tienen la obligación de apoquinar. Y como las aportaciones tributarias de mi tía a lo largo de su dilatada vida no debieron de ser suficientes, hete aquí que la «Hacienda somos todos» hizo caja con buena parte del «botín».

En conclusión, he aquí un caso paradigmático de «justicia distributiva» en un país llamado España, habitado por millones de héroes anónimos súbditos de Su Majestad, que declaran hasta el último céntimo sus ingresos provenientes de una única fuente: la venta de su fuerza de trabajo. Muchos, pues, frente a unos pocos que, apenas con estampar su firma, cobran opacos sobresueldos a través de laberintos sólo descubiertos merced a delaciones y zafacocas entre ellos. Estos son explotadores compulsivos de la riqueza que han creado otros, como piojos que de su sangre tengan sed. La misma casta de indeseables que se ha autorregulado con cargos inútiles, consejerías, asesorías, asistencias a plenos, sesiones, comisiones, dietas, gastos de representación, blindajes, etc., al margen del pueblo que debería disponerlo soberanamente, como sería preceptivo en una democracia menos jijas que la española. Porque del pueblo, al que demagógicamente halagan y dan hipócrita gloria, son depredadores e insaciables en perdurable veda. Pocos, pero con dinero A y B, blanco y negro, extraído de fuentes públicas enmascaradas en milagrosos golpes de fortuna presuntamente emanados de apuestas del Estado, pelotazos de compraventa o jugueteo en Bolsa, para depositarlo en Suiza o en paraísos fiscales porque no cabe dentro del propio país. Afortunados héroes, unos, y desafortunados villanos o siervos, otros, que la mentecata y alienada sociedad de consumo se obstina en sostener. En otras palabras, reacia a invertir ese orden y, en consecuencia, renunciar al compromiso moral de asentar otro orden social verdaderamente equitativo de a cada uno según su trabajo y posibilidades, no según su pelaje afectivo, credo político o ideológico.

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