Publicado por
León

Creado:

Actualizado:

No termino de entender muy bien por qué hay ciertos temas que no se pueden tocar y que, si se tocan, siempre terminan en tormentas, malas interpretaciones, tergiversaciones de lo que uno intenta decir o manipulación descarada. Se puede o no estar de acuerdo con lo que el otro defiende, pero no parece del todo necesario llegar a lapidación generalizada de quién opina algo que no coincide con esa estupidez hipócrita que hemos dado en llamar «lo políticamente correcto». Lo que voy a escribir es justo lo contrario. No me voy a referir al lamentable suceso de Toni Cantó y su «tuit» que tanta polvareda ha despertado y que, pese a las disculpas ofrecidas por el protagonistas nadie de los indignados reales y de los falsamente indignados parece dispuesto a aceptar.

Todo empezó con el tema de la independencia económica de la mujer que se equiparó a su emancipación —y no parece que sea lo mismo— aunque ambas cosas no sólo eran necesarias sino sencillamente de una elemental justicia. Pero una cosa era la execrable legislación que perduró incluso en el primer post franquismo y otra la condena casi unánime de la mujer que quería estar en su casa y con sus hijos en lugar de ganar un sueldo miserable como secretaria sin vocación de un tipo muchas veces impresentable. Si liberar a la mujer era eso, yo no me apunto. Tampoco me pareció justa la llamada «discriminación positiva» porque por mucho que le añadamos lo de «positiva», la selección excluyente —que eso quiere decir «discriminación»— resulta sencillamente fascista o dictatorial.

Y así llegamos a la famosa Ley de Violencia de Género en la que se hace añicos el principio de la presunción de inocencia. La trampa es que frente a esta idea objetiva se ponen los ejemplos ciertos de esa lacra atroz que es la violencia de género, pero poco se dice de lo que la mayoría de los abogados (y ahí su Colegio debería haber tomado medidas hace mucho tiempo) admiten como cierto: el consejo de añadir maltrato sicológico para «reforzar» la demanda. Se invierte la carga de la prueba y podría enumerar —no lo voy a hacer porque no quiero caer en la misma trampa de los que me van a crucificar por escribir esto— decenas de casos sangrantes de incluso acusaciones de abusos de una hija que nunca se dieron pero que destrozaron literalmente la vida del padre al que el juez ni siquiera llegó a escuchar en años. La sentencia absolutoria llega siempre cuando el mal ya es irremediable.

Cargando contenidos...