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ERNESTO ESCAPA
León

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Ahora que andamos revisando la raya babiana con Asturias e incluso el gobierno de Mieres en el monte de Pinos, no parece del todo extravagante aprovechar el ruido de Treviño para mirarnos los límites. Sobre todo, en homenaje al sabio Ramón Carnicer (1912-2007), quien un año después de que el Diccionario Espasa lo diera por fallecido publicó Viaje a los enclaves españoles (1995), el quinto de sus grandes relatos viajeros. A Carnicer, el Espasa de 1999 le quitó trece años de vida y otros tantos a Crémer, cuya biografía clausuró en 1996. Se ve que a estos enciclopedistas de atropello les incomodan los escritores longevos.

La cartografía peninsular esconde veintiséis enclaves, de los cuales prácticamente la mitad concierne al territorio de Castilla y León. En este repertorio de anomalías administrativas, hay de todo. Desde los internacionales, como Llívia, enclavado desde mediados del diecisiete en el interior de Francia, hasta insignificantes pastizales, granjas o pequeños núcleos de población asignados a una provincia diferente de aquella en que se ubican. Luego están los enclaves autonómicos, que son los que más ruido hacen, aunque también es cierto que el estruendo depende de qué callos pisen las intromisiones. Nuestra Comunidad tiene enclaves en el País Vasco, en Cantabria y en La Rioja, a la vez que alberga uno de Madrid en territorio abulense. Valladolid tiene dos enclaves en Zamora y uno en León y existen varios de Palencia en Burgos y de Burgos en Palencia. Mi geografía escolar anotaba otros dos en León, de Zamora en Valderas y Lordemanos, quizá ya perdidos.

Todos, sin excepción, son motivo de entretenimiento erudito y apenas alcanzan la condición de noticia más que para contextualizar la agitación cíclica del Condado de Treviño. Este enclave de Burgos en Álava se explica porque en la división provincial de 1833 quedaron al margen de cualquier modificación, a exigencia de parte, las entonces llamadas provincias exentas. Territorios con privilegios forales de índole económica y fiscal. Nunca apareció, porque no llegó a existir, la demanda alavesa de incorporación del Condado, y no se corrigió entonces la anomalía, porque primó la defensa de los privilegios de aquellas provincias, cuya partición difícilmente se ajusta a los criterios de racionalidad que guiaron la división provincial de España. Se saldaron muchas otras, pero todas en territorio laico y despojado de supercherías. En cualquier caso, una vez incorporados al tercer milenio con la extravagancia a cuestas, algo se podría hacer para aliviar su malestar. Un gesto que acentúe nuestro hecho diferencial. Aunque los franceses hayan podido sobrevivir más de tres siglos y medio con el enclave de Llívia clavado en sus entrañas.

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