HISTORIAS DEL REINO
1188 razones
Por la que este país, todavía España, no se siente como tal. Hace tres años Juan Pedro Aparicio, escritor con mayúsculas, humanista a la vieja usanza, alababa la Carta Magna Leonesa de 1188, promovida por Alfonso IX, como la cuna del parlamentarismo europeo. Un hito que nació del ánimo de un rey que buscaba incorporar a miembros del pueblo en sus decisiones, sin tener la soga nobiliaria al cuello, como en el caso de Juan I de Inglaterra y sus maltratados barones.
Enviada la argumentación a favor a la Unesco, apoyada por leoneses en el gobierno, si no esto no hubiera ocurrido, espera respuesta por su parte. Una pica en Flandes para León que, en cualquier otro país civilizado, excepto el nuestro, sería un logro épico en la historia de la democracia, un acontecimiento digno de figurar en todos los libros de historia, de merecer una placa al menos en ese parlamento lleno de fauna ibérica de todo pelaje, condición y diversidad medioambiental: desde el chacal a la hiena, pasando por las especies en peligro de extinción como los políticos que confían en arreglar este sistema podrido. Haberlos, haylos.
Sin embargo, el problema no sólo es de nuestra tierra, o de una autonomía que pivota sobre los feudales señoríos de León de la Riva, qué gran alcalde para Valladolid, sino en el propio concepto que el español tiene de su historia: nos avergüenza.
Consideramos franquista y ñoño hablar de los conquistadores y evangelizadores españoles en América, como Fray Bernardino de Sahagún, Santo Toribio de Mogrovejo, el berciano descubridor de las islas Salomón, Álvaro de Mendaña, Inés Barreto, su esposa, primera mujer almirante de la historia de España y tantos otros. Porque si recordamos con orgullo su existencia…pasamos al rango de opresores, malvados esclavistas o pérfidos asesinos de indios. Como si el México de los aztecas fuera un campo florido de rosas hippies, vamos.
Y si mentamos a Alfonso IX, padre del parlamentarismo europeo, enseguida pensamos en que no participó en las Navas de Tolosa (1212) y a la hoguera con él. El vasco Blas de Lezo, que derrotó en Cartagena de Indias a la flota británica, vengando el deshonor de la Invencible, ni siquiera es conocido por la mayoría. Eso sí: en los libros de los niños que figure Jordi Pujol antes que Alfonso VII, no se enfaden los de CiU y Esquerra porque les recuerden que los condes de Barcelona fueron vasallos de los reyes de León. Díganme esos ilustres en qué se diferencia nuestro proceso de construcción de España de los roces habidos en el pasado de Inglaterra, Francia, Alemania o Italia. ¿Saben cuál es el cáncer de este país? Que le avergüenza sentirse nación. Por eso, aunque la Unesco apruebe, el premio será leonés y no español. Ya lo verán.