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José Álvarez de paz ex eurodiputado del psoe
León

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Sorprende que la moción de censura en el Ayuntamiento de Ponferrada haya sido más contestada fuera que en casa. El periodista Juan José Millas escribe que esto pasa porque Ponferrada está enferma, padece una especie de deriva moral que lleva a seis mil votantes a solidarizarse con un delincuente acosador. Añadiendo que esto se veía venir.

Es cierto que en Ponferrada piensan unos que Ismael hizo un buen trabajo como alcalde, otros dicen que si hizo lo que hizo ya pagó por ello, otros opinan que las sentencias fueron demasiado blandas, el Tribunal Supremo rebajó incluso la multa económica que le había impuesto el Tribunal Superior de Castilla y León de 6.840 a 2.160 euros, al suprimir el agravante de abuso de superioridad, otros piensan, con el juez del TSJ en su voto particular, que no hubo delito de acoso, sí daño psíquico. No escandalizarse mucho, que aún andan por ahí personas con poder mediático y de gobierno, exculpando a los autores convictos de la masacre del 11-M.

Otros nos preguntamos hasta cuándo el autor de un delito sigue siendo delincuente después de haber pagado sus deudas con la justicia. La respuesta es que en un Estado de Derecho, depende de delitos y de sentencias.

En el caso que nos ocupa el condenado pudo haber vuelto a la política hace más de diez años.

Lo hizo hace dos años para apoyar la investidura del alcalde del Partido Popular, sin rechazo conocido fuera de Ponferrada, la noticia esa que ya se veía venir pasó desapercibida incluso para los responsables de la agrupación socialista de León, enfrentados ahora a la ejecutiva provincial, razón de más para estar preocupados por la dignidad de la mujer in genere.

Hay más ejemplos conocidos y personalizados a todos los niveles de fuego cruzado entre oficialistas y críticos, en este baile de la yenka donde los más coherentes están siendo Folgueral y sus concejales.

Si habláramos de un Estado inquisitorial, depende también, pues es sabido que la mayoría de los condenados por la Inquisición no eran quemados en la hoguera, sino rehabilitados y devueltos al seno de la Iglesia en auto de fe público.

Lo cierto y conocido es que aquí se debatió ampliamente este asunto, en espacios abiertos y cerrados, sin llegar la sangre al río Sil, en estas tierras donde pervivió hasta nuestros días el Concejo abierto donde los vecinos resolvían por el diálogo y también la sanción consensuada, en especie o pecuniaria, sus diferencias convivenciales.

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Ponferrada no está enferma, es una ciudad mestiza y de acogida, fiel a su santo y seña «un camino, una posada», con sentido de la mesura y del humor, herramienta muy necesaria en tiempos de cólera. Merece ser visitada sin miedo al contagio de algún virus de esos que Millas dice que dan asco. Lo peor que le puede pasar cuando vuelva por aquí es que le digan lo que le dijeron a Pino Zamorano en el Toralín: «arbitro, pásate por el Centro Óptico Berciano».