TRIBUNA
#nosomoslomismo
La política es una vocación. Ni una profesión, ni un trabajo: la política se practica defendiendo tus ideas. Estés dónde estés u ocupes el cargo que ocupes. Incluso sin ser afiliado a ningún partido.
Con estos principios me afilié hace más de 14 años al PSOE y a todo lo que sus siglas representan: libertad, progreso, redistribución de la riqueza, igualdad de oportunidades, justicia social y democracia.
Mientras para algunos —o muchos— jóvenes de esa época eran héroes los actores o estrellas del rock, yo disfrutaba leyendo biografías de los fundadores de la patria americana como Tomas Jefferson, Abraham Lincoln, Benjamin Franklin o Kennedy. Buscaba héroes en aquellos personajes que pasarán a la Historia como los imprescindibles de la izquierda, de los que entre mis referentes figuran Pablo Iglesias, Julián Besteiro, Fernando de los Ríos, Ernesto Guevara, Salvador Allende, Olof Palme, Willy Brandt, Jacques Delors o Felipe González.
La política siempre ha sido para mi una vocación. El otro día me recordaba mi hermana mayor que, con 12 años, pedía carteles electorales de Felipe González para colgarlos en mi habitación. Aunque no estoy seguro, mis padres debieron barajar seriamente la idea de llevarme a un psicólogo por todas estas cosas.
Como toda historia, en la política siempre existen antihéroes. Pero permítanme que evite hablar de ellos. Es conocido que todo buen comerciante es el que es capaz de vender su producto sin hablar mal del de la competencia. Eso sí, aunque no hable de sus preferidos, les insistiré en que #nosomoslomismo. Por supuesto que hay diferencias.
A un empresario que tenga muchos empleados o pingües beneficios, le recomendaría que votara al PP. Se aseguraría poder despedir más barato, pagar menos a sus trabajadores y reducir sus impuestos: pagaría menos al ser menos progresivos y equitativos. Con los beneficios obtenidos de la diferencia de trato entre la fuerza del trabajo y la del capital también podría elegir entre hacer uso de algún sistema de ingeniería financiera con la que evadirlos en algún paraíso fiscal —eludir aún más si cabe la presión fiscal— o, en su defecto, abrir nuevas posibilidades de negocio especulativo. Si, de ese que no genera más empleo ni riqueza que la propia, el de recalificación de terrenos comprando prebendas a políticos corruptos.
En nuestra situación actual esta vía se acabó. No porque se descubriera y desmontara cierta trama investigada con un nombre alemán —que no acaba de enchironar a nadie—, sino simplemente porque no hay sectores productivos reales que creen riqueza real que los sostenga. Ni tampoco empleo, ni posibilidad de financiación de vivienda, lo que obliga a cambiar de tercio para poder mantener el chiringuito a costa de los pobres trabajadores.
La nueva vía para la inversión de este capital, que necesita fagocitar y crecer sin medida a costa de lo que sea, es aún más perversa si cabe. Ahora se materializa con la degradación de los servicios públicos. Tras demonizarlos o declararlos ¡no rentables!, se desata una campaña de imagen, de mala imagen. Así se engaña a los pobres y confiados ciudadanos. Mediante criterios de idoneidad, precio o calidad se privatizan.
Y es como este empresario sin escrúpulos podrá hacer nuevo negocio, encontrar un nuevo mercado en el que de nuevo multiplicar los beneficios: con la gestión, sin necesidad de invertir, de algún servicio público que será privatizado. Yo que sé, ahora se me vienen a la cabeza la sanidad o la educación o el registro civil o la justicia. De cualquiera, en todo o parte, se hará cargo facilitando prebendas a ciertos dirigentes en un tal Bar Cenas. ¿Les suena? Igual mi intelecto me juega malas pasadas. Como les conté arriba siempre fui un niño con mucha imaginación.
De vuelta al comienzo. La política es un sistema de vocaciones. Y dentro del socialismo no se deben de tolerar fórmulas que no busquen la felicidad de la mayoría de los ciudadanos. Por todo ello, y después de leer las encuestas del INE en las que la corrupción ocupa el segundo lugar entre las preocupaciones de los españoles, puedo aseverar que un sistema que favorece esa corrupción no es asumible ni posible. «La honestidad es la mejor política», decía Benjamin Franklin. Solo hace falta mirar los telediarios para ver que es de honestidad de lo que más carece ahora en nuestro país.
Desconozco si el de la corruptela es un mal sistémico y mortal. Pero, aunque fueran casos aislados, ponen en descrédito nuestro sistema social y democrático. Aunque desde mi pose de duda quiero romper una lanza a favor de los jueces y de la Justicia. No de aquellos que trampean para que prescriban los delitos de —por ejemplo— cierto ex presidente de la Diputación de Castellón. Me refiero a aquellos que buscan, que investigan el delito hasta la última consecuencia. A esos para los que justicia es «que el que la haga la pague». Por ello tanto respeto me merece la juez Alaya como el juez Ruz o Baltasar Garzón. Y muestro la mayor de las repulsas hacia aquellos políticos y aquellos medios de comunicación o esos voceros que los ponen en duda. Pero sólo cuando no les favorecen. Son esos que los criminalizan y que en su defecto o además, como viene siendo costumbre en este país, matan al mensajero.
Por eso los socialistas —al menos los de verdad— siempre rendimos cuentas. Siempre ofrecemos explicaciones. No criticamos a la Justicia, colaboramos con los jueces. No justificamos nuestros errores con los errores del contrario, los asumimos sin ponernos de perfil o mentir. Comparecemos, damos la cara y contestamos en las ruedas de prensa. Y, sin lugar a dudas, #nosomoslomismo.