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MANUEL ALCÁNTARA
León

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El secreto ha muerto, pero como está mal enterrado acaba por enterarse todo el mundo. Solo algunas cosas son aptas para contemporáneos y hay quien opina que es mejor que se divulguen cuando el muerto pasó a peor vida. Otras, por el contrario, se le sirven a eso que llaman «el gran público» en caliente, que a pesar de su nombre se proclaman noticias frescas y nos informan de que el papa Francisco tiene los pies planos y usa zapatos con plantillas ortopédicas. Se las confecciona desde hace treinta años un excelente amigo, también de origen argentino, que le llama Jorge cuando le entrega las reforzadas sandalias del Pescador. A todos nos importan más los pasos que vaya dando Su Santidad para enderezar a la Iglesia que el calzado que use, pero estas confidencias siempre humanizan.

La actualidad ha juntado esta noticia con la reclamación del fisco italiano, que le pide 343 millones de euros a los diseñadores Dolce y Gabbana por evadir impuestos. También ha salido a relucir, con motivo del 20 aniversario de su muerte, la fortuna del rey que no reinó. Don Juan, que era una de las personas más simpáticas del siglo XX, vivía como si no fuera rico. En cualquier zona residencial de España hay edificios más lujosos que Villa Giralda. Unos cuantos poetas fuímos a verle, llevados por Conrado Blanco, que era muy generoso y muy monárquico. Nada deslumbrante había allí, aparte de su personalidad. Conrado cargó su coche de jamones de Jabugo y él lo agradeció efusivamente.

Después nos llevó en su coche, que era un Volkswagen escarabajo, a comer bacalao. Ahora nos cuentan que murió rico y dejó una fortuna de 1.100 millones de pesetas en Suiza. No hay herencia sin desavenencia. A él le hubiera gustado vivir en España. En España y en el mar. No en Villa Giralda.

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