SEGURIDAD Y DERECHOS HUMANOS por ARTURO PEREIRA

El estigma de María Magdalena

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León

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El personaje bíblico de María Magdalena sirve como ejemplo de la situación de la mujer en la actualidad. María de Magdala (así se llamaba el pueblo donde vivía) fue una mujer con una posición primigenia en su relación con Jesús. Fidelísima hasta el final, estuvo presente en el momento de la crucifixión cuando los demás lo abandonaron. Testigo valiente donde la cobardía de los hombres les impidió acompañar a su maestro a la hora de morir.

El Papa Juan Pablo II le otorgó el honor de considerarla apóstol de los apóstoles, pues fue la primera testigo de la resurrección y quien dio la noticia. Prostituta, o no, pues no hay unanimidad en esto, lo cierto es que fue acogida por Jesús entre sus más cercanos seguidores. El hecho de que antes de conocerlo fuera prostituta no hace sino añadir más dignidad hacia ella y clarificar el mensaje para los seguidores de Cristo.

Dignidad, porque la prostitución se consideraba en la sociedad judía un crimen deleznable y motivo de desprecio y repudio hacia la mujer. Clarificación para los cristianos que siguiendo el ejemplo del «Maestro» debemos acoger a aquellos que sean marginados y sentarlos con nosotros. Esto se traduce a efectos prácticos en el ámbito social, en la necesidad de impulsar medidas para evitar la existencia de excluidos y en el ámbito jurídico, evitar que existan ciudadanos al margen de la protección de las leyes.

Jesús trató a la mujer igual que al hombre. Abordó con la misma profundidad sus enseñanzas con las unas y con los otros. María Magdalena siguió siendo fiel incluso después de la muerte de su «Maestro». Se sabe que se fue al actual Egipto y fundó numerosas comunidades cristianas, cumpliendo con su apostolado.

Sin embargo tanto ella, como otras mujeres que jugaron un papel muy parecido al suyo, no han pasado a la posteridad con la relevancia e importancia que se merecen. Quizás se deba a que la historia ha sido cosa de hombres.

Veamos, disponemos de un amplio arsenal de legislación, tanto internacional, como nacional que nos recuerda la igualdad de la mujer. Declaración Universal de Derechos Humanos, Constituciones y todo tipo de leyes que nos podamos imaginar, determinan la igualdad de la mujer.

La realidad es que las mujeres para cobrar el mismo salario que los hombres deben de trabajar más, se encuentran con dificultades para compatibilizar su maternidad con la vida laboral… Las mujeres nos sirven como esposas, amigas o como amantes. Incluso adoramos a nuestras madres. Pero, no nos sirven como rectoras de universidad, directoras generales de empresas o para dirigir nuestros ejércitos. Por supuesto, no nos sirven para gobernar nuestros países.

Nuestras madres nos educan, pero… ¿qué hacemos con lo que nos enseñan? Es una terrible contradicción que seamos inspirados por una mujer-madre y despreciemos a la mujer como depositaria de los mismos derechos y valores que los hombres.

Quizá una explicación, no demasiado científica, pero sí arraigada en la sabiduría popular, es la que afirma que los hombres, los machos, pensamos con dos cabezas, una de ellas carente de neuronas y situada a la altura de nuestra cintura.

La mujer nos inspira lo sublime. Sin mujer no hay poesía, pintura, música, no hay belleza. Lamentablemente, también la convertimos en destino de nuestras más deleznables conductas que no hacen sino denigrar al hombre. La violencia de género es un ejemplo de cómo el hombre ejerce su violencia sobre la víctima abusado de ella y manifestando una actitud hacia la mujer como ser inferior que no merece el mismo respeto.

En las zonas en conflictos armados y son muchas en el planeta, la mujer es la última clave de bóveda en la estructura familiar y social. Sobre ella recae la supervivencia de los niños y ancianos, incluso los últimos restos de una economía se subsistencia. Esto las convierte en objetivo de los beligerantes y por ello son asesinadas, torturadas y violadas. Constituyen uno de los grupos de víctimas más importantes en las guerras.

Frente a esta situación, la respuesta es la aprobación de más y más legislación que engorda los repertorios del Derecho Internacional. El género se ha erigido en los últimos años como algo transversal en toda política de derechos humanos que se precie.

Pero, a pesar de todos estos esfuerzos hay algo que no termina de cambiar. Supone algo básico y es la concienciación de que la mujer tiene los mismos derechos fundamentales que el hombre. La dignidad de la mujer es medida en razón del amor, que es esencialmente orden de justicia y caridad, escribió Juan Pablo II en su carta apostólica La dignidad de la mujer .

Necesidad de justicia que se puede ejemplificar en María Magdalena. Su fidelidad y devoción no fueron suficientes para reconocerle la dignidad que a otros se les otorgó. Ser mujer la estigmatizó y no se le retribuyó lo que en derecho le corresponde. Estigma que tiene su manifestación diariamente en nuestra sociedad cuando realizamos todos aquellos actos que por insignificantes que sean, suponen un desprecio a la condición de mujer.

Tras 2000 años todavía seguimos con dudas respecto a cuestiones como la verdadera dignidad de la mujer. Dudas que ya quedaron resueltas por aquel que en el momento de su muerte tenía sobre sí las miradas dolientes de su madre y de María Magdalena.

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Para saber más: La dignidad de la mujer . Autor. Juan Pablo II.