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campo vidal
León

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Como el «siempre nos quedará París» de Bogart en Casablanca, la concatenación de incidentes en torno a la Casa Real sugiere una exclamación del tipo «Siempre nos quedará el Príncipe.» Al fin y al cabo, es el único, junto con la princesa Letizia y la Reina, al que no se le ha relacionado con ningún negocio, cacería, exceso de cualquier tipo o cuenta bancaria en el extranjero. El príncipe Felipe está llamado a protagonizar un delicado transito en la jefatura del Estado en la peores circunstancias de desconfianza popular hacia las instituciones y no se lo pone fácil ni la familia.

De él conocemos su seriedad y alguna historia personal, suficientemente contrastada, como cuando se jugó su privilegiada posición, apostando a todo o nada, si los Reyes no le permitían casarse con una periodista divorciada que venía a ser su tercera novia. Podemos dar fe de que don Felipe cuenta con gran preparación e impacta a quienes hablan con él, porque sabe —desde luego más que la media de la clase política contemporánea—, sabe preguntar —lo que no es frecuente— y sabe escuchar, que ya es casi insólito en los niveles directivos de este país. De su prudencia y firmeza tuvimos noticia el jueves cuando en la reunión con la cúpula de la judicatura en Barcelona salió airoso con su discurso reiterando su confianza en la Justicia en las peores circunstancias , horas después de la imputación de su hermana, la infanta Cristina. Imputada no quiere decir culpable, aunque las mas de las veces se traduzca así mediáticamente, pero también «esta situación, sin duda grave, es susceptible de empeorar», como diría Eugenio D’Ors. Ya se verá.

La imputación de doña Cristina se conoció a media mañana y por tanto de madrugada en América. «Me despertó a las cinco para avisarme la guardia de mi grupo editorial», explica la periodista Rossana Fuentes Berain, vicepresidenta de Expansión, el imperio de revistas de Ted Turner en México. En los dos últimos años solo la habían despertado un par de veces. La última fue para comunicarle la muerte de Hugo Chaves. Esa es una gráfica medida de lo que importa en América lo que sucede aquí. Como ha dicho el ministro de Exteriores, García Margallo, estas noticias perjudican a la marca España. Sin duda, pero también el episodio Bárcenas y los escándalos de corrupción que no terminan de juzgarse nunca.

En América, esta semana, casi no habido reunión con españoles sin alusión al asunto y casi siempre una pregunta interesándose sobre la situación a futuro del Príncipe, que goza en el continente de excelente imagen. Su presencia habitual en los relevos presidenciales en cada país y otros viajes de importancia cultural y económica para los intereses españoles le ha conferido una notable popularidad. Un alto funcionario de la Casa Real confirma que el Príncipe ya suma cien viajes a América en estos años, casi el único espacio de actividad que le dejó su padre, en una agenda demasiado vacía, salvo las actividades relacionadas con las Fundaciones de los Principados de Asturias y de Girona. Las frecuentes operaciones del Rey, paradójicamente, le han permitido una actividad más relevante. Entretanto, el espacio de la Princesa también se ha ganado con dificultad porque suponía el desplazamiento de las infantas Elena y Cristina. También en este caso, la denuncia de las actividades profesionales de Urdangarín facilitó un mayor protagonismo de doña Letizia.

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El futuro se dibuja incierto, aunque apasionante y don Felipe, juega y jugará un papel clave. Es la última carta de la Casa Real. «El me hace dudar en mi republicanismo —confiesa un empresario español— porque lo de Aznar, o similar, como presidente de la tercera república, me estremece». Al tiempo.