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JAVIER TOMÉ
León

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Les he comentado varias veces, y lo mantengo, que por infinitas razones prefiero mil veces la compañía de animales a la de los hombres, ese género que yo creo apareció en este mundo porque tenía que haber de todo. Por poner un caso, ¿cómo se puede comparar la inocencia salvaje de mi gato Desi con las purulentas artimañas de Luis Bárcenas, apodado el Cabrón por razones que nos van quedando claras? ¿O los lujosos y señoriales bigotes de mi Guille con esos aditamentos pilosos de estética caprina que luce Rubalcaba? ¿O la mirada azulada e inteligente de mi Guzmán con esa languidez miope y burocrática que nos enseña Rajoy cada vez que, vía impuestos y recortes, martillea otro clavo en el ataúd del país? Lo dicho, la cosa no tiene color. Me encuentro con mi amiga Esther, de la Sociedad Protectora de Animales, y me cuenta que en los últimos meses se han abandonado más de trescientos perros en León y su alfoz, una cifra que te hiela la sangre y pone de manifiesto lo canallas que son algunos.

Llegados a este punto de no retorno para toda una generación de perrigatos afectados por el síndrome de las víctimas inocentes, es hora de echarles un capote, pero en este caso de los buenos. Sin aspavientos, se trata de insuflar un poco de alegría y esperanza. Por ello, debemos ayudar a superar la terrible mezquindad de una situación grave, tirando a desesperada, que viven algunos pobres e indefensos animales que aguardan su final a la espera del terrible veredicto de la calle. Una petición que se puede sintetizar en una sola y definitiva palabras: ¡Socorro! Así que es hora de impartir una lección de civismo y hacerse socios de esa Protectora que, contra corriente, sigue practicando el noble arte de no arrojar la toalla y nunca renunciar a sus justas convicciones. Dicho queda para ustedes y sus conciencias. No me fallen, please.

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