LA GAVETA
El colegio de Amancio
Yo iba a San Ignacio, el colegio de Amancio Prada. Él era de los cursos superiores y los demás alumnos lo mirábamos —como a todos los mayores— con un respeto que yo creo que uno ya no vuelve a sentir en la vida.
Amancio era un chico con gafas de pasta negras y el pelo rizado, y era de los más conocidos, como también otro alumno apellidado Santalla, que dibujaba muy bien. Santalla se fue a Madrid y tardó muy poco en ser un caricaturista famoso de la prensa.
El colegio era de pago y allí se juntaban los niños bien de Ponferrada, clase de la que nunca formé parte. También los hijos de la clase media baja, que es la mía, la de los padres que tenían almacenes de coloniales o que eran empleados administrativos de la MSP y así. Y luego había unos chicos más rurales, como Amancio: los que venían a clase en bicicleta desde Dehesas o La Martina, desde Fuentes Nuevas. Chicos duros, que sabían cosas del campo y los animales que los chavales del centro ignorábamos.
Amancio, Santalla… Y en cursos intermedios otras gentes que se hicieron famosas, como Alfonso Rojo, que era de la promoción del actual teniente de alcalde Emilio Cubelos. Por cierto, Cubelos era muy gracioso y dicharachero, con auras de líder. En cuanto a Alfonso Rojo, tenía justa fama de guapo y también tenía muchas pecas, como su hermano, que iba a mi clase.
En aquel colegio había un ambiente bastante feliz, como de mundo aparte, ordenado y perfecto. Y estaba casi al final de la Puebla; luego solo quedaba un barrio humilde y pequeño llamado Las Encinas. Pero al fondo, solitario y espejismo, venía la gran sorpresa del colegio de las Alemanas, que parecía un barco con ventanas verdes. A aquel colegio iban unas chicas de uniforme azul oscuro, que siempre eran guapas, y había varias monjas que eran alemanas, pero de verdad, algo que nos parecía casi imposible. Porque entonces la gente que era de más lejos solía ser de Pamplona como mucho. Y ya estaba bien.
En aquel colegio de Amancio Prada, de Santalla y de los demás había clérigos muy duros, como un don Ceferino de mano fácil y colérica, o un tal padre Cabello, con algo de sargento. Pero todo lo compensaba la fortuna de haber tenido como maestro de vida y literatura al muy recordado y querido José Antonio Carro Celada, poeta, hombre de la palabra y de la música, pastor bueno, culto y sensible, del que estaban enamoradas levas de chicas ponferradinas y no me extraña.
Amancio ha estado en el colegio de San Ignacio, hablando a sus alumnos. Les ha dicho que ese tiempo de las aulas es crucial, el tiempo donde se construyen las mujeres y los hombres que luego vamos a ser. Nada más determinante para un país que una buena educación, nada más liberador.