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MANUEL ALCÁNTARA
León

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Siempre sospechamos que algunos extraían el cemento de su propia superficie facial. No era lógico que en los absurdos tiempos donde creíamos que todos éramos ricos hubiera tantos millonarios que edificaran su fortuna haciendo pisitos para los pobres. La mayoría de ellos tenía un Mercedes blanco como la cal y algún dinero negro a buen recaudo. Una nueva aristocracia, aproximadamente analfabeta, bullía en sociedad, pero se les notaba el irreparable mal gusto en su indumentaria y sobre todo en la de sus dignas esposas, a las que solían presentar diciendo «aquí mi señora».

Evidentes mucamas enjoyadas y contentas, que no se sorprendieron ante el súbito progreso de sus palurdos maridos, que ciertamente eran muy trabajadores y se lo merecían.

Como en todo hay clases, el infatigable juez Pablo Ruz no ha citado a declarar a estos trincones de segunda fila, sino a los cabezas de serie.

Tendrán que dar la pétrea cara ante la Audiencia Nacional algunos imputados por parte de madre que recibieron donaciones ilegales de los empresarios.

Sus nombres nos suenan mucho a todos, pero el dinero se lo llevaron sin hacer el menor ruido. Los papeles del extesorero Bárcenas tienen el tamaño del diccionario Espasa y el encuadernador que los encuaderne buen encuadernador será.

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No se construye una ruina como la nuestra solo con patanes aprovechones: hacen falta grandes empresarios, respetados y condecorados. En los cuadernos de Bárcenas, que ha sabido tomar el dinero, pero también tomar sus precauciones, están los nombres de media docena de cargos del Partido Popular que recibieron donaciones. Había dinero para todos, no solo para el expresidente de Baleares Jaume Matas, sino para el actual presidente del Senado, Pío García Escudero, y el diputado Eugenio Nasarre. La agenda de citaciones está repleta. Entre los constructores y los donantes ilegales han edificado nuestro abismos.