León

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Hay preguntas que, según de quién vengan, dejan la respuesta tatuada en los labios. El principio de la rentabilidad del tren es inversamente proporcional al que se les concede a personajes que solapan desde una administración artificiosa competencias con las que se bastaría el Estado, atribuciones que son una máquina de liquidar presupuesto, que al final, sí, sale del mismo bolso del que financia los billetes de tren.

El tren admite palique sobre si merece la pena apoquinar cuatrocientos euros por un trayecto que conecta territorios periféricos con oportunidades de desarrollo o es preferible financiar sueldos de cincuenta mil, sesenta mil, setenta mil, o más, de consejeros, directores generales, secretarios, asesores, chivatos o voceros a sueldo. Se puede debatir, ahora que se abrió la espita. Apunten el tema para inducir conversación de aquí a dos primaveras, cuando está fijado en el calendario el paso por las urnas; hay sobredosis de lemas electorales. Se pueden unir en la misma pancarta los 20 millones de euros para que suban y bajen aviones en Valladolid y los cuatrocientos euros que empeñan al sistema por cohesionar espacios y gente en León. Y que decida el votante. No someterán a voluntad popular este pulso de prioridades. No hay paisano en el lugar más inhóspito de esta provincia que merezca la vergüenza de sentirse un paniaguado porque al que malgastó en la abundancia y carece de capacidad para gestionar en la escasez se le ocurra cuestionar la prestación de un servicio público que consagra la Constitución; y hasta el estatuto de autonomía que aprobaron de noche y no sometieron a opinión.

Los subvencionados en esta tierra llegan al apeadero de Renfe a por un billete para acudir a una revisión médica rutinaria en el ambulatorio de la Condesa; o a comprar un bolsa de congelados para el sustento semanal; ni al campus, a formar el espíritu para que no quede ningún resquicio que les culpe luego de engrosar las listas del paro.

Los financiados aquí viajan con chofer en coche oficial que multiplica por diez la renta básica de los pueblos que atraviesan para poner ficción al desarrollo con cuentos de fibra óptica y la agenda de la población; los paniaguados en León se eligen cada cuatro años, para que cobren de cinco mil por barba para arriba al mes y vean pasar la vida desde el Pisuerga.

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