EL CORRO
Cainismo político puro y duro
Se desconoce a ciencia cierta —algunos se la atribuyen a Rodolfo Martín Villa— quién acuñó la frase «Cuerpo a tierra, que vienen los nuestros», que viene a ser una versión adaptada a la derecha española de aquella otra de Konrad Adenauer que distingue entre «adversarios, enemigos y compañeros de partido».
El cainismo es un rasgo consustancial a la política española instalado transversalmente en todos los partidos y a todos los niveles. Qué les voy a contar aquí de los continuos episodios en el ámbito leonés. Si Martín Villa no era el autor de la citada advertencia, podía serlo perfectamente, ya que desde muy joven conoció las intrincadas sendas de la política. Primero dentro del franquismo, donde los tecnócratas del Opus se las tuvieron tiesas con los del Movimiento. Y después en la UCD, que terminó descomponiéndose víctima de las ambiciones y deslealtades internas.
Entre los logros de José María Aznar estuvo sin duda la de imponer una disciplina férrea que desactivó esa tradición cainita de la derecha. Una disciplina tan «manu militari» que el secretario general del partido, el rocoso Álvarez Cascos, era conocido como el «general secretario». Aznar y Cascos hicieron suya lo de que «el que se mueva no sale en la foto», aquel antídoto de Alfonso Guerra contra los brotes de disidencia en el PSOE.
Incluso antes de derrotar a Felipe González, Aznar había conseguido una unidad interna a prueba de bomba, en aquel caso a prueba de la elaboración de las listas electorales, momento crítico en el que suelen desatarse las tensiones internas. Y si ese milagro lo había conseguido estando aún en la oposición, una vez en el poder el PP fue una completa balsa de aceite. La mayor prueba de su absoluto control sobre el partido es que se permitió designar a dedo a su sucesor, sin que ni una sola voz cuestionara tan autoritario procedimiento.
Por eso, además de inconsecuente, la actual salida de pata de banco de Aznar tiene mucho de cainita. Algo que tiene un precedente en el 2004, cuando, tras perder las elecciones frente a Zapatero, Rajoy sufrió hasta el congreso de Valencia una tremenda campaña de desestabilización alentada desde círculos nada lejanos al ex presidente. Aquello tenía el atenuante de que el PP estaba en la oposición. Pero lo de ahora, en medio de la tormenta perfecta de la crisis, no tiene perdón, máxime siendo consciente de que una de las cosas que no perdona el electorado son las trifulcas internas en los partidos. Si discrepa de lo que hace Rajoy, lo leal es hacerlo en los órganos internos del partido, sin dar tres cuartos al pregonero.
Aznar ni puede ni quiere volver. Desde la concepción patrimonial que tiene del PP, se limita a proteger sus propios intereses, que cada vez coinciden menos con los del partido.