LA 5.ª ESQUINA

9 cartas a Berta y folleto de oferta

Publicado por
jesús á. courel
León

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Mientras Basilio Martín Patino dirigía su hermosa película Nueve cartas a Berta (1966), los inefables buzones de nuestras casas eran la caja de Pandora que encerraba las gracias y desgracias que los españoles de aquella época vivíamos, añadiendo la promoción de modestas aficiones a coleccionar sellos o postales, siempre evocadoras y sugerentes, aunque vinieran del exilio o la emigración. En esa película, que comenzaba con los versos de Machado: «esta es la historia de un español que quiere vivir, y a vivir empieza», el director escogió el método epistolar para que el protagonista, Lorenzo —estudiante salmantino—, le contara a Berta —joven asentada en Inglaterra, hija de exiliados españoles—, como era nuestro país en esos años. Al agobio del protagonista, asfixiado en una tierra con demasiada devoción al remordimiento en blanco y negro, había que añadir el auge del consumo que la pujante clase media de aquella década descubría «fagorizada» y de la mano del «todo va mejor con coca-cola».

La publicidad se ha adueñado de los buzones, para convertirlos en contenedores yermos de historias, salvo las que recitan los supermercados con las ofertas de la semana. Los buzones han perdido el alma sin las cartas; esos relatos condensados (sin llegar a la brevedad del WhatsApp), donde las noticias se encadenaban unas a otras para culminar puesto el escribiente «a los pies de su señora». Un día tras otro, recibimos ingentes cantidades de ofertas de comida y cacharros inútiles, en un reparto semanal que supera el millón de ejemplares publicitarios, según nos cuenta este Diario. Desde que se murieron Carnicer y Pereira, ya nadie escribe una carta, ni a Berta, ni desde Rodez, como aquellas famosas misivas que escribía Antonin Artaud, para desnudarnos su locura o las bellísimas cuartillas cargadas de amor que le escribía Schumann a su mujer Clara, donde soñaba cazar mariposas para que le llevaran sus cartas.

Las costumbres cambian, a veces para entorpecer el camino que nos lleva a ser humanos de verdad. A las ofertas de la pizzería de turno o de trabajos de albañilería a domicilio, no añadirá Berta ninguna carta. Quizá le llame la atención algún anuncio de gentes que se ofrecen para cuidar ancianos, como ella, o la invitación a vender el oro que guarda en su mesita de noche. Ya no le contará Lorenzo, en nueve cartas, aquella España que se inventaron los tecnócratas a mayor gloria del desarrollismo, que no del bienestar. Y por un instante se preguntará, como en aquel anuncio de su juventud: «Maestro, ¿qué es la felicidad? Es la ausencia de dolor. Pues, Calmante vitaminado y a esperar»... Había que hacer algo.

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