Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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Se nos ha ido Norberto Cabezas, fotógrafo de este periódico. Hace unos días unos familiares me hicieron llegar un vídeo de mi boda y allí aparecía él con su cámara, delgado y con la mirada llena de inteligencia. Le llamé para contarle el hallazgo, pero ya no fue él quien me cogió el teléfono, sino Ana. Son demasiadas las muescas que llevamos puestas en la lista de adioses. Ya en la redacción de Lucas de Tuy entraba y espetaba, así sin personalizar en nadie, «¡puta escoria!», pues fue un virtuoso en el uso del improperio cariñoso. Te insultaba y esa era su peculiar forma de expresarte su afecto. Otras veces, claro, su boca tronaba y los truenos eran exactamente eso, truenos, y es que podía perdonarlo todo salvo la desconsideración hacia el esfuerzo ajeno. Sin embargo, detrás de su causticidad faltosa había siempre agazapado un caballero, jamás cometía un error de modales cuando estaba trabajando, como no podía ser menos en alguien que coleccionaba quijotes. En una ocasión me hizo de forma altruista —como solía hacer más que a menudo— unas fotografías para una guía de viajes y, días después, le regalé un libro que había heredado de la biblioteca de mi abuelo, el único ejemplar de la obra cervantina que conozco que no empezaba con «En un lugar de La Mancha...». Qué gracia le hizo la rareza.

Sus opiniones eran rotundas, como puñetazos en la mesa, pero acertaba en lo esencial, es decir, en la verdad del asunto. Como gran fotógrafo, tenía una profunda capacidad de análisis, pues las imágenes no dejan de ser partes que reflejan un todo. Y hay algo muy interesante en su trayectoria, tanto en la humana como en la profesional: siempre creció, fue a mejor. La vida le puso pruebas muy difíciles y él las pasó sin dejarse por el camino jirones de bondad, casi siempre enmascarada en cascarrabismo. Un tipo duro, sin duda, pero del acero con que el se forjan las nubes. Tampoco a Charles Bronson le hubiese gustado que supiéramos que lloraba viendo Bambi.

Adiós, querido amigo, gracias por ser como eras y por los muchos favores que no te hemos podido devolver. «¿Puta escoria?» Hiciste del improperio cariñoso una de las bellas artes. ¡Qué rastro más hermoso de paradojas fuiste dejando a tu paso!

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