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ara antón escritora
León

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No son suficientes las buenas palabras ni los «cursos de adaptación», ni siquiera la castración química; violadores y pedófilos reinciden y siguen aumentando. Si estamos hablando de enfermos, entonces serían necesarias medidas terapéuticas, pero impartidas con estricto control e incluso severidad porque, aun en el caso de tratarse de desórdenes físicos, esas personas son una amenaza para la sociedad en sus sectores más débiles y sensibles: mujeres y niños.

En estos días recoge la prensa consejos e indicaciones dirigidas a las posibles víctimas de violación para su protección. Eso está bien; debemos dejar de lado la idea trasnochada e ingenua de que «todo el mundo es bueno» y retomar los instintos de huída y defensa que habíamos ido abandonando. Pero ¿qué va a cambiar para los agresores? Dejando de lado una mínima parte de enfermos, el resto son verdaderos depredadores que buscan emociones fuertes, pues nuestra tolerante sociedad ya les ha consentido experimentar, desde antes de echar los dientes, todas las pobres satisfacciones que una vida normal puede ofrecer.

La red de pedofilia recientemente descubierta se regodeaba intercambiando experiencias de «gran crudeza y depravación» y proyectaba secuestrar niños para someterlos a todo tipo de torturas y vejaciones, para posteriormente, en algunos casos, matarlos. Y se permiten el lujo de hacerlo público, sin miedo a las consecuencias. ¿Por qué?

Porque están seguros de que en ningún caso las penas serán proporcionales a los delitos. Es muy triste llegar a pensar esto, pero ya empieza a hacerlo mucha gente. Y no hablo de venganza, hablo de prevención, de advertencia, de abortar oscuros instintos que la permisividad excesiva fomenta.

En el momento en que escribo esto, desconozco aún la sentencia que va a imponérsele a Bretón, dado el caso de que se le considere culpable. Tampoco me importa; tengo la seguridad de que tamaño mal no puede pagarse nunca. Si él ha sido el responsable de quitar la vida a dos inocentes criaturas, ¿por qué lo ha hecho? ¿Por demostrar a su mujer que «siempre tengo razón»? ¿Por venganza, o simplemente por conocer que es dueño de sus caprichos y que no va a privarse de ellos sabiendo que, aun en el caso de ser descubierto –cosa bastante improbable desde su punto de vista de poderoso machito- el castigo, siempre leve para tamaña falta, no iba a impedirle hacer su voluntad?

Pocas veces estoy de acuerdo con las atolondradas y casi pueriles soluciones propuestas por algunos políticos –sean del color que sean- y en el caso que voy a comentar tampoco, aunque en un primer momento recibí la noticia con esperanza.

Está muy bien que se haya elevado la edad de consentimiento en las relaciones sexuales, aunque muchos defiendan que a los trece años se sabe muy bien lo que se está haciendo. Probablemente así sea, pero alrededor de esa decisión hay otros muchos factores que un niño no es capaz de controlar.

Está bien, decía, el cambio, pero –ya está el pero- habría sido deseable elevarlo hasta los dieciséis años, edad a la que el horizonte del adolescente se ha ampliado lo suficiente para darse cuenta de que el adulto que lo pretende manejar lo hace para su propio beneficio.

Lo habitual en estas situaciones es que sean hombres los protagonistas de semejantes desmanes, pero, desgraciadamente, no tienen la exclusividad; dentro de este oscuro grupo de seres humanos hay también mujeres, incluso madres, como es el caso, recogido así mismo por la prensa, de una depravada que prostituía a su hija discapacitada, para disfrute de descerebrados, que lograban su placer mancillando la absoluta inocencia que se les brindaba.

La libertad es un derecho inalienable del ser humano, pero debe terminar siempre donde comienza la de otro. Después de algunos años de democracia –al menos en las urnas- debemos plantearnos que sólo las buenas palabras no sirven para frenar o reconducir ciertas conductas.

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Tal vez deberíamos endurecer las penas o, simplemente, hacerlas cumplir en su totalidad, aliviando así no sólo a los padres que no se atreven a levantar la vista de sus hijos o a las mujeres que no pueden andar solas por la calle, también a nuestras fuerzas del orden, que se afanan en cumplir con su trabajo, deteniendo a indeseables, para verlos a los pocos meses delinquiendo de nuevo.