León

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En Atapuerca han encontrado una hoja de cuchillo de 1,4 millones de años, el objeto de fabricación humana más antiguo que se conoce hasta el momento en Europa. Normal que haya sido un cuchillo, dado el pasado turbulento de la condición humana, lo raro hubiese sido hallar el carné de madridista de Pedro Picapiedra. Ah, la prehistoria. Si en la columna pasada considerábamos remoto nuestro querido pasado medieval, ¿cómo debemos considerar algo sucedido tan atrás del atrás? En pintura, se llamaba “los lejos” a esa Jerusalén Celeste que solía plasmarse como fondo de los retratos. Pues sí, 1,4 millones de años nos quedan muy lejanos, sin embargo este cuchillo nos resulta próximo. Nosotros ya no los usamos de sílex cretácico, pero la esencia de su diseño sigue siendo la misma. El día que su propietario lo uso por primera vez comenzó la historia que ahora vuelve, como un eco que creíamos extinguido. Alguien, no algo, lo empuñó. Y 1,4 millones de años después, nosotros, más evolucionados, qué duda cabe, seguimos utilizándolo, tanto para usos mayores como para los menores. Venimos de ese cuchillo, pero también de mucho más, de una proclamación de millones de años, de un anhelo de amar y de ser. La condición humana es consecuencia de un fracaso de buenas intenciones, no hay más que echarle un vistazo a la Historia, pero aún más de un triunfo espiritual, cultural, religioso, social y político.

Por cierto, nuestros prehistóricos locales han convertido la muralla del parque del Cid en patético muro de los horrores, en el que estampan sus ocurrencias. Todavía hay quien a esto lo llama arte urbano o cosa de chavales. Si el crío tiene la adolescencia inspirada, o casi, que sus padres le dejen el salón de casa para que se desfogue. La cuna del parlamentarismo no puede manchar así los pañales de su imagen.

Procedemos de esa hoja de cuchillo de piedra, empuñada por un ancestro en la lejana antesala de la plenitud de los tiempos. Y aquí estamos, pese a todo, a catástrofes, ruindades y horrores proclamando que los seres humanos no somos consecuencia del azar, ni de un gran saldo cósmico, sino del amor. Aquí estamos, con temblor y coraje, convencidos de que un cuchillo sirve también para cortar la hogaza y compartir el pan.

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