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alcantara
León

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Todo el mundo quiere llegar antes, pero no sabe antes que quién, porque todos llegan al mismo tiempo. La pasión por la velocidad es el único pecado nuevo que hemos descubierto los que ahora somos llamados con el eventual nombre de contemporáneos. De pronto, el rayo del infortunio parte a los pobres seres humanos, que dejan de serlo de la noche a la mañana, e incluso a media tarde.

La espantosa tragedia del tren a Santiago de Compostela, a donde llegó puntualmente, según dice, el apóstol en un barco de piedra, nos hace revisar no solo algunas convicciones mágicas, sino algunas líneas férreas de reciente trazado. La tragedia existe, pero no hay que darle facilidades para que represente su eterna obra.

¿Cómo se puede conducir a más de 180 kilómetros por hora en un trayecto que no permite pasar de los 100? No le llamemos errores humanos a los que cometemos inhumanamente, con desdichada frecuencia. Nunca había pasado nada, hasta que pasó lo peor que tenía que pasar.

La barca del mundo se hundirá por el peso de los imbéciles, dijo Ibsen. Lleva muchos siglos zozobrando, pero aún está a flote. Mucha imprevisión, mucha desidia y demasiada confianza han hecho posible la horripilante catástrofe. Cuando sucede algo de este calibre, los que aún seguimos vivos nos damos cuenta de que siempre se mueren los demás.

Parece como si la desgracia fuese una cosa que siempre les sucede a los otros. Cuando cae su incesante rayo, aunque caiga lejos de nuestro tejado, se devalúan todas otras cosas. ¿Qué importa que Griñán se vaya o que huya, o que a Urdangarin no le metan en chirona, a pesar de habérselo ganado a puro pulso, realmente?

El azar, mucho más que el destino o el carácter, maneja nuestras vidas. Incluso los que pertenecemos a la escuela estoica, que predicaba la impavidez ante los acontecimientos, estamos hasta los mismísimos, pero hasta que los dioses no cambien no tenemos nada que hacer.

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Ojalá el Papa Francisco logre influir en ellos, si no viene el tío Paco con la rebaja.