HISTORIAS DEL REINO
Torre (1944)-Santiago (2013)
Cuentan que el de Santiago ha sido el peor accidente de 2013, uno de los más graves de la historia, sólo comparable, en nuestro país, con aquel otro que colocó nuestra provincia en el mapa de la sangre, la muerte y la tragedia a comienzos de enero de 1944: el de Torre del Bierzo. Oficialmente, los muertos fueron los mismos: 78. Sin embargo los expertos consideran que la cifran rondaría los 500 fallecidos, y no falta quien asegure que se acercaban a 800.
Según los testigos uno de los problemas fue que la locomotora no frenaba demasiado bien; según otros, el mal estado de las infraestructuras ferroviarias contribuyó a que aquel tren, a toda velocidad, acabase a la altura de Torre chocando con otro. A mediados de la década de los años ochenta se procedió a desmantelar el siniestro túnel número 20, hoy nefasto recuerdo, vivo en la memoria de los pocos supervivientes y en la de aquellos que, a través del cine, o la escritura, mantienen el testimonio de un tiempo complicado que segó la vida, por maldito azar, o cúmulo de circunstancias, de cientos de familias españolas, cuyo número exacto de fallecidos nunca se conocerá.
Casi sesenta años separan ambos accidentes. La culpa, como entonces, recae principalmente en el maquinista, tal vez el objetivo más fácil de señalar aunque, igual que en 1944, a su exceso de velocidad hay que sumar otros fallos. Como el del sistema de frenado, otra escalofriante coincidencia. Se supone, aseguran los expertos, que existen sistemas que limitan la velocidad de forma automática -el llamado ERTMTS-, pero parece que ese tramo no contaba sino con un sistema antiguo, creado en los años 70, denominado ASFA. Podemos buscar tres pies al gato, considerar, incluso, que con este accidente se colocan en la cuerda floja los contratos con Arabia Saudí y algunos países de América del Sur. Miles de millones de euros en un momento de máxima precariedad económica para un país asediado por una crisis a todos los niveles.
En estos tiempos de exceso de información visual, golpean la mirada del alma los cuerpos sin vida, las historias de heroísmo y desdicha. Pero a ellos se suman los cientos de españoles que dejaron todo para ayudar a quienes más lo necesitaban. Al menos esta tragedia ha servido para devolvernos la esperanza en nuestro país y en la solidaridad por encima de personalismos. Me quedo con los voluntarios improvisados, los bomberos, policías, sanitarios. Rastreen los especialistas las razones. Nada quede oculto a la opinión pública, como ocurrió en 1944. Pero, sobre todo, nunca olviden, nunca olvidemos, que la verdadera tragedia son las víctimas, con nombres, familias, un pasado y un futuro que, la fatalidad de la víspera del Apóstol Santiago, quiso cercenar con la guadaña de una curva maldita ya para siempre.