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ALFONSO GARCÍA
León

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Las luces y sombras de la intrahistoria, que se olvidan y desconocen con frecuencia, son capaces de iluminar pasajes notables de una vida. De todos es sabida cierta presencia leonesa en la narrativa de Benito Pérez Galdós, que en más de una ocasión viajó por nuestra provincia.

No me refiero ahora a esta circunstancia, sino al triste episodio nacional generado ante la posibilidad de concesión del Premio Nobel al escritor canario. Al margen de que el premio hubiese paliado la difícil situación en que se encontraba, la razón había de sustentarse, como es lógico, en la calidad literaria de su obra. Pero, en realidad, el juicio, más que literario, se convirtió en político. Por eso la Academia sueca no se atrevió a otorgárselo, dado que la propia nación a la que pertenecía el novelista se mostraba muy remisa a la concesión. Una tristeza más de tantas tristezas históricas.

Estamos en 1912. Conservadores, monárquicos y católicos —alentados incluso desde el periódico del Vaticano, L’Osservatore Romano — atacaban a Galdós con el fin de que no prosperara la propuesta. Estamos ante razonamientos poco literarios, cuyo estudio, en su conjunto, daría mucho de sí. Sobre todo porque hay dos voces religiosas que no sólo no le negaron simpatía, gratitud y admiración, sino que hicieron pública su adhesión a la candidatura de Galdós al prestigioso premio: el entonces obispo de Jaca, Antolín López Peláez, y la orden de los agustinos.

Antolín López Peláez era leonés. Nació en Manzanal del Puerto en 1866 y murió en Madrid en 1918. Muy vinculado a Astorga, fue conocido, entre otros, por los sobrenombres de «el obispo sabio» y «el apóstol de la buena prensa». Además de su carisma pastoral, fue senador, académico de varias Academias, entre ellas la de la Lengua, un gran lector y un intelectual de vanguardia, cuya obra quedó en parte truncada por su temprana muerte. Hombre «de humanidad rotunda», estaba, sobre todo, alejado de los circuitos de la mediocridad de la España oficial del momento.

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El leonés era un fiel admirador de Benito Pérez Galdós. Y, según consta, amigos. Amigos que se encontraron en varias ocasiones, a pesar de las distancias impuestas por domicilios y obligaciones. Existen documentos gráficos, y anécdotas, de la visita que el obispo realizó al escritor en su casa madrileña cuando la ceguera había impuesto la dureza de sus leyes. Sería un estímulo ahondar en esa relación y defensa. León ya conoce otra notable relación entre obispo y escritor: Luis Almarcha y Miguel Hernández. Si Pereira hubiese sido Obispo del Noroeste, uno de sus sueños, seguramente habría apostado por la canonización de algún escritor con toda la paciencia del mundo a sus espaldas. Seguro.