FUEGO AMIGO
El mirador de la lengua
En el cenobio de Rozuela, que asoma en Ardón al Esla, se escribió el primer texto en romance peninsular. Una anotación del gasto en quesos que el cillero del convento apuntó en un pergamino reciclado como envoltorio. Desde el principio fuimos tenderos. Pasaron los siglos y la invención de un apócrifo literario, va a hacer ya cuarenta años, sacó a Ardón del olvido, encajado entre la carretera y la cornisa del río. Fue Sabino Ordás, un exiliado cascarrabias que volvía a España para toser alto a los mandarines de una cultura extraviada. Detrás del apócrifo estaban los hoy académicos Luis Mateo Díez y José María Merino, haciendo orquesta con el también novelista Juan Pedro Aparicio. Su anfitrión era de Villamañán: Dámaso Santos.
Como tantos otros pueblos del páramo que asoma al Esla, Ardón tiene al río como paisaje de sus miradores. Alcanzó fama por su monasterio medieval de los santos Justo y Pastor, donde se escribió el primer texto romance, anterior a las glosas de San Millán de la Cogolla. No era una oración, como la riojana, que sirvió a Dámaso Alonso para adobar su teoría sobre el espíritu de las lenguas. El texto, escrito en el reverso de un documento de donación regia al monasterio, es una ‘Nodicia de kesos’, en que el monje dispensero hace recuento detallado de los quesos que llevan consumidos entre los trabajadores de las viñas y los agasajos del convento. Sin más mística. A estas alturas, ya nadie discute su autenticidad ni la primacía respecto a otros vagidos de las lenguas romances. Pero el asiento de aquel monasterio medieval es ahora una granja que nada tiene que ver con el atractivo del cenobio riojano de San Millán. Así que ni siquiera disfruta de una etapa del claudicado Camino de la Lengua. El monasterio se encuentra a dos kilómetros de Ardón, aupado sobre la terraza del Esla.
Ardón tuvo dos iglesias, dedicadas a San Miguel y a Santa María. De una se conserva la torre y de otra la nave. La torre de San Miguel se alza a la derecha del Reguero, junto a la travesía del puente. Actualmente sirve como mástil del camposanto, que alberga a su sombra. Un arreglo reciente la dejó peripuesta, recuperando su planta cuadrada y su copa de ladrillo, con huecos para las campanas. De las lujosas capillas y retablos que en su seno describió Madoz, no queda ni memoria. La otra iglesia es un navío rectangular de tapial alejado de su torre, que es medianeja y se alza sobre la cuesta de las bodegas. Una y otra vigilan el curso del Reguero, que salva un puente neoclásico construido para el paso del Camino Real entre Benavente y León. Lo diseñó el arquitecto Diego Martínez en 1775 y soportó el tráfico rodado hasta mediado el siglo veinte. Ahora aguanta el pesado trasiego de las graveras.