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ESCRITOR
León

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Como si fuese un volcán en activo, Gibraltar erupciona ocasionalmente su problema. Las palabras árabes djebal (monte, roca, peñón) y Tariq (general árabe del ejército que invadió la península ibérica en el siglo VIII) le dieron nombre. De gran valor estratégico, justifica que fuese poblada desde tiempos muy remotos. La primera reconquista a los árabes la realizó el leonés Guzmán el Bueno, pero no cayó definitivamente en manos cristianas hasta el reinado de Enrique IV. Antes, en 1350, había muerto en su asedio Alfonso XI, rey de León y Castilla. La singularidad gibraltareña comenzó en 1704 al ser ocupada la plaza por Inglaterra en el transcurso de la guerra de Sucesión española. Según el artículo X del Tratado de Utrecht (1713), España cedía a Gran Bretaña la propiedad de la ciudad de Gibraltar, con su puerto, defensas y fortalezas, pero sin jurisdicción territorial y sin comunicación alguna por tierra, para evitar el comercio fraudulento de mercancías. Tampoco se permitía el establecimiento de judíos ni de moros.

Desde la fecha del Tratado, España intentó una segunda reconquista de Gibraltar manu militari. La primera, en 1727, se saldó con un fracaso. Un nuevo intento, conocido como el Gran Asedio, que se prolongó desde mediados de 1779 hasta 1783, corrió la misma suerte. La vía por la asfixia económica tampoco tuvo éxito. El cierre de la frontera entre 1969 y 1982 aisló la colonia, pero perjudicó la economía del área circundante basada en la aportación de mano de obra española a los centros de trabajo gibraltareños. La falta de trabajo ha sido uno de los males endémicos de las poblaciones españolas de la bahía y una de las razones que entorpece la presión efectiva española en pos de la soberanía sobre la colonia. La vía diplomática, al cese de la dictadura franquista y llegada de las autonomías, no consiguió españolizar políticamente a los gibraltareños, que de ningún modo quieren desvincularse de Gran Bretaña, como lo han demostrado reiteradamente incluso por vía de referéndum. Y mientras los gibraltareños, amos y señores de su territorio, quieran seguir atados por el lazo anglosajón, el gobierno inglés tiene una fácil coartada para no mover ni un dedo en el traspaso de soberanía. Es su política de anteponer la voluntad de los naturales a la reintegración del territorio a sus anteriores soberanos, consulta que obviamente no hicieron cuando lo conquistaron. Con lo cual, Gibraltar continúa siendo una anomalía en Europa y un oprobio para los nacionalistas españoles. Pero el problema de soberanía resulta superado por los problemas económicos (pesca, medio ambiente, transparencia fiscal, contrabando), porque afecta a la pervivencia de las personas, no al orgullo de los pueblos.

Volviendo la vista atrás, una mínima parte de españoles se quedó en Gibraltar tras la cesión. Otra cosa será a principios del XIX como refugio de liberales españoles contra la represión de los absolutistas fernandinos. Pocos años después de la firma del Tratado la población judía de ingleses, holandeses y norteafricanos, unida a la de católicos genoveses e irlandeses, constituía el grueso de la población. La presencia de judíos ha sido un elemento fundamental de la demografía gibraltareña, convirtiendo la colonia en centro de movimiento de capitales y de contrabando, cuya actividad perjudicó gravemente a la economía española. Dos fueron los artículos preferidos por los contrabandistas: el tabaco y el tejido, principalmente el algodón. Un ejemplo: a mediados del siglo XIX los tejidos de algodón que entraban ilegalmente en España vía Gibraltar equivalían al 20 por ciento de la producción de textiles nacionales.

La llegada de judíos es una prueba de que lo negociado en Utrecht, ha sido sistemáticamente incumplido por Inglaterra. Muy pronto lo acordado en la ciudad holandesa, que cumple este año su trescientos aniversario, resultó papel mojado. Otras actuaciones estuvieron encaminadas a ampliar en beneficio propio los límites del terreno y en ejercer el dominio más allá de lo establecido. En su afán por ampliar terreno, en 1839 los ingleses consiguieron ocupar una parte del territorio considerado neutral hasta la misma línea fronteriza. Dicho territorio quedó incorporado definitivamente cuando en 1909 levantaron una valla de más de dos metros de altura, la famosa verja de Gibraltar. Similar actuación se ha producido respecto a las aguas jurisdiccionales, que sólo alcanzaban, según el Tratado, hasta la llegada de una bala de cañón disparada desde el castillo. Excusándose en la normativa internacional de considerar que las aguas jurisdiccionales llegan hasta las doce millas, construyeron una pista de aterrizaje sobre aguas de la bahía de Algeciras para el funcionamiento del aeropuerto. Ahora, contraviniendo acuerdo de pesca entre las partes, los gibraltareños rellenan la bahía con bloques de hormigón que provoca la ira de los pescadores españoles y la dilación del control fronterizo.

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Para acabar, démosle la palabra a nuestro paisano, patriota y amigo, Gavilaso de León, extraída de su libro El pacto de Perpignan y otras rimas socarronas: «Yo nunca podré olvidar, pérfido inglés sonrosado más que un cangrejo escaldado, cosario y filibustero, saqueador y bucanero, que, dado a piratería, prendiste mis galeones, me birlaste los doblones el oro y la platería. Tampoco podré olvidar aquella invencible armada que echo Felipe a la mar para hacer requerimiento a tu augusta soberana (nunca en cinta por amor ni de Lesbia enamorada por no yacer con sajón ni con sajona en la cama, luego era su nación con quien ella se acostaba), y en vez de recibimiento, fue por Sir Draque atacada y al punto luego azotada por malignos elementos en tremenda marejada. Ni jamás podré olvidar que me hayas derrotado en aguas de Trafalgar, por haberme conchabado con el galo interesado, más despistado en el mar que un pulpo sobre un tejado. Y que te hayas empeñado montándote un arsenal contra mi orgullo humillado en tierra de Gibraltar, donde hay unos monitos con barbita y con bigote que dan saltos sin parar divirtiendo a monigotes, a los que llaman «llanitos», las gentes de ese lugar, cuyo vicio favorito no es ni beber ni fumar, es dar un trato exquisito al contrabando ilegal».