EDITORIAL

Conservar la caza es vida para los pueblos

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León

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Unos 24.000 aficionados leoneses esperan impacientes la apertura mañana de la temporada de caza menor, la más atractiva porque se dispara mucho y el cazador disfruta con el trabajo de los perros a los que cuida todo el año. Sin embargo el número de cazadores que obtienen licencia en la provincia se viene reduciendo desde hace una década al ritmo de mil por año. A diferencia de la pesca, cada vez se incorporan menos jóvenes a la caza. Al declive de la actividad también contribuye que las jornadas hábiles y los cupos se reduzcan en paralelo a las poblaciones de perdiz y de liebre. Y a todo ello hay que sumar los costes de coto, licencia, seguro obligatorio, permiso de armas —de obligada renovación, incluyendo un examen psicotécnico—, armas, cartuchería, complementos y, en muchos casos, desplazamientos.

León es la segunda provincia de la comunidad autónoma por número de cotos y la primera por hectáreas con autorización cinegética. Es, como la pesca de la trucha, una actividad que merece ser conservada como deporte en contacto con la naturaleza, pero sobre todo como generadora de riqueza. Los cotos leoneses atraen a miles de cazadores gallegos, asturianos y vascos, sobre todo, seducidos por la posibilidad de cazar en horizontes muy abiertos. Y eso tiene una incidencia directa en la economía de los pueblos y en el desarrollo de los servicios y la hostelería en el mundo rural. Es, por tanto, una actividad que debe ser cuidada con el mismo respeto, responsabilidad y precaución que exige su práctica.

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