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ANTONIO PÉREZ HENARES
León

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La actual izquierda española presenta dos distintivos muy acusados: su exhibición de apósitos identificativos que formalmente proclamen su condición izquierdista y su vergüenza de ser española recurriendo a cualquier eufemismo antes que pronunciar la palabra «maldita». El más recurrente es el de «Estepaís» que a nada pedirán figure en nuestros DNI. Ese rechazo, que le lleva de inmediato y como acto reflejo, a ponerse del lado de cualquiera que pueda tener un conflicto con nosotros como nación, determina considerar que, desde los Cartagineses y los Romanos, que cometieron el pecado de nombrarla así, pasando por todas las etapas de nuestra historia, hasta hoy y para siempre, somos los inexcusables culpables de cualquier exceso, conflicto y guerra y que lo mejor que puede acaecer es que seamos derrotados y humillados convenientemente. El razonamiento, por llamarle algo a tal proceso mental, lo que resume es el axioma de que el propio vocablo, la propia esencia, España en sí misma, ha sido desde siempre y para siempre «facha».

Me dirán y sé y admiro que hubo otra izquierda y no lejana que llevó sin complejo y con orgullo esa palabra en sus siglas (mantenidas todavía bochornosamente) pero diríase que tras ser secuestrada por la dictadura, cuando la democracia la rescató y liberó la izquierda la entendió ya como algo manchado y violado, que repudiaba y que le repugnaba. Que quedaba apestada de por vida, vamos.

Pero en el caso del PSOE, esa impostación izquierdista y esa vergüenza de España, que en unos lugares se soslaya y en otros, por contra, como Cataluña, se alardea, tienen cierto origen común. La exhibición de simbología, la apelación a identidades gloriosas o el trazado visceral, sentimental y en el pasado de la linea divisoria con los «otros», los «malos» oculta la falla atroz de un cuerpo de doctrina medianamente sólido, al que se ha dado el cambiazo por una mezcolanza compuesta por una serie de lugares comunes del pensamiento buenista, lo políticamente correcto, la apelación al «pueblo» y a los «pobres» como excusa global y a un pasado que hay que remontar mucho hacia atrás para hacerlo glorioso pues el reciente a olvidar es de nula presencia en lucha por la libertad y casi absoluta desaparición en el combate contra la dictadura. Y a ese hipysmo-leninismo está claro que no le gusta España.

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