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CÉSAR GAVELA
León

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La gran mayoría de los aficionados de la Deportiva que el domingo pasado acudieron al Toralín para ver la primera victoria de la temporada ante el ufano Sabadell, no sabían, no podrían saberlo, quien fue don Feliciano González Argárate. Pero supieron que se guardó un minuto de emotivo silencio en su memoria.

Don Feliciano vivía en Madrid y murió nada menos que con 100 años. Yo hacía mucho que no lo imaginaba en el reino de los vivos y me alegré de que llegara hasta edad tan imponente. Luego poco tardó mi memoria en llevarme al tiempo de don Feliciano, a aquella Ponferrada de carbón y a aquella Ponferradina de tercera que nos hacía soñar a los niños, y que casi estuvo a punto de subir a segunda en 1967. Pero debe añadirse que era aquella otra segunda, de menor importancia, dividida en dos grupos: el norte y el sur. Ahora solo hay una y es muy difícil subir y también mantenerse. Puede que aún más difícil subir.

Tenía don Feliciano una tienda de bombillas y lámparas. Muy pequeña, pero aristocrática, podríamos decir. En la Avenida de la Puebla, casi esquina con la bajada de Juan de Lama. Un día mi padre me habló de él, de que era el presidente, y me dijo cuál era su negocio. A partir de entonces yo pasaba con mucho respeto por la acera del comercio de don Feliciano, y alguna vez me atrevía a mirar hacia dentro, por verle. Y lo veía. Y él me miraba, pensando: ¿qué querrá ese niño? Y yo solo quería verle y huir.

Porque don Feliciano era nada menos que el jefe de mis ídolos del campo de Santa Marta. El jefe de Carlos y Chispa, de Echevarría y Luque, de Enrique y Vizoso, de Martínez y Erviti, de Tonino y de Vela. Y de Escobar, que era hermano de mi tía Carmina y, sin duda, el jugador más técnico del equipo, que por algo había jugado en primera con el Celta de Vigo. Y en el Real Murcia.

Lo recuerdo alto a don Feliciano, con una gran cabeza patricia y con aire vasco, que su segundo apellido ratificaba. Era serio y sólido y fue un gran gestor de la Deportiva. Un club que casi siempre ha tenido presidentes sensatos y cautos. Y que ahora es un ejemplo para equipos de ciudades parecidas y también mayores. Un club de una población algo remota entonces, mucho menos felizmente ahora, y por tantas razones. Un equipo que casi no me acabo de creer del todo que esté en segunda midiéndose de tú a tú al Deportivo, al Zaragoza, al Mallorca o al Tenerife. Ahí está.

Ojalá don Feliciano supiera de este éxito tan grande y a la vez, tan trabajado. Desde la modestia, el buen criterio y la alegría. Desde el placer de jugar a este deporte que es una evidente metáfora de la vida, y no solo a nivel colectivo.

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En aquel tiempo, para mí no había hombre más importante en Ponferrada que don Feliciano González Argárate.