León

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No sé si a él le pasará lo mismo con mis llamadas, pero por la forma en que suena el teléfono soy capaz de adivinar que es García Zurdo. No es mérito mío sino del timbre, que suena más alegre cuando la llamada proviene de San Feliz, que más que el nombre de un pueblo es una declaración de intenciones. Y con felicidad he salido de su exposición en Ármaga. Con la prudencia que le caracteriza, en nuestras charlas telefónicas se estuvo callando que preparaba su regreso, aunque una vez dejó caer palabras enigmáticas: «Aquí estoy, aprendiendo de nuevo a dibujar, o intentándolo». Ahora nos muestra los resultados de su regreso al aula de sí mismo, sus dibujos de «cosas sencillas», tal como las llama en el programa de mano. La hermana raspa de sardina, el hermano tronco, la hermana flor... No hay escapismo bucólico en tal selección, sino mirada consecuente y trascendente sobre la poética secreta de las formas. En estos tiempos duros e inciertos, un paso más en su indagación plástica sobre la espiritualidad, esta vez plasmada por alusiones, en vez de mediante imágenes directas o iconografía reconocible. Una caja de cerillas, la copina de orujo, esa flor... No es casual que haya un homenaje a Roault y dos a Solana; el primero fue el artista que mejor pintura religiosa hizo en el siglo XX, consiguiendo aunar tradición y vanguardia, además de un ejemplo de conducta frente a los abusos mercantilistas; el segundo sigue siendo el gran espejo de la España negra, que ahora parece haber regresado de su falso exilio.

Me han conmovido estos gritos zurdianos, plasmados en voz baja, como no podía ser menos en él, pero a la vez claros y rotundos para quien sepa escuchar y sentir con la mirada. Son dibujos impregnados de piedad expresionista.

«Y lo hago fumando tranquilamente mi pipa y acompañado de un relajante vaso de vino de nuestra tierra, que es el más sano y rico para soñar», afirma. Lo sencillo nos salva, como consuelo en medio de la desesperación, como el madero al náufrago. En la lágrima habita agazapado el océano. Mejor no llamemos regreso a esta exposición, pues para ello Luis tendría antes que haberse ido. Y ha estado siempre ahí en San Feliz, trabajando en silencio, esa frágil vidriera.

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