TRIBUNA
Siria, entre la física, la química y la metafísica

Que los seres humanos se maten a través de conflictos armados, es algo que se ha venido perfeccionado desde la primitiva y elemental «física muscular» hasta la sofisticada «física nuclear». Discurrir tecnológico pasado por la piedra, el garrote, la espada, la flecha, la bala, la bomba y el misil, para matar más y mejor dentro de un sentido caliente de la guerra. Pero demostrado el enorme exterminio que podía alcanzar la energía nuclear con fines perversos, la guerra se enfrió entre las dos ideologías en lucha por imperar en el mundo: el capitalismo y el comunismo. El poder destructor atómico poniendo en peligro a la humanidad entera y la equiparación de fuerzas entre sus más poderosos representantes, E.U.A y la U.R.S.S, hizo que las llamadas «armas convencionales» siguieran resolviendo diferencias y conflictos. Y con ello el desarrollo de un mercado con pingües beneficios para esa industria armamentística. Pero con la guerra civil en Siria ha saltado a la palestra la química como ingenio para matar. Se trata de un procedimiento incontrolado mucho más barato, eficaz y directo, a la vez que menos aparatoso y ruidoso. Por lo tanto, serio competidor de la industria bélica convencional. Los detentadores de esta última se han puesto histéricos ante la posible utilización de la química bélica por parte del gobierno de Al Assad, que puede arruinarles el negocio y cambiar el curso de esa y de otras guerras. Hasta ahora los cientos de miles de muertos en Siria por armas convencionales suministradas por los países productores no han despertado más que hipócritas condolencias. Parece ahora como si la víctima química tuviese una especial relevancia y consideración frente a los demás cadáveres. Pero los muertos son igual de muertos, los mate la física, la química, la metafísica o la peste bubónica. Presionado por los lobbys armamentísticos, Obama amenaza intervenir en Siria contra el parecer de la mayoría de sus compatriotas, opinión mundial y sin esperar el fallo de expertos de la O.N.U. Pero una de las características de las guerras es que se hacen siempre contra el parecer de quienes las padecen.
A raíz de los terribles efectos producidos en la Gran Guerra por la utilización de armas químicas, la comunidad internacional las prohibió en 1925. En el caso concreto y positivo de uso en Siria de gas sarín (un veneno que ataca el sistema nervioso, cuya producción y almacenamiento fue declarada ilegal en 1993 en la Convención sobre Armas Químicas), restaría saber qué bando lo ha utilizado. Y la historia bélica inmediata revela algunas supercherías. En 1898, E.U.A culpó falsamente a España de la voladura de su acorazado Maine en aguas de La Habana para declararle la guerra y asegurar el dominio norteamericano de Cuba. En nuestra Guerra Civil, la propaganda franquista sostuvo hasta que no pudo más la leyenda de que Guernica había sido incendiada por sus propios habitantes, cuando fueron los pilotos alemanes enrolados en la Legión Cóndor los verdaderos autores de la matanza. Seis años después se descubrió en el bosque de Katin fosas con 4.500 oficiales polacos asesinados con un tiro en la nuca. La U.R.S.S atribuyó el crimen a los nazis alemanes, pero luego se descubrió que fueron los soviéticos los verdaderos asesinos.
En la memoria de la infamia quedará marcada de forma indeleble la utilización de la física y la química juntas para borrar de la faz de la tierra a Hiroshima y Nagasaki, repletas de civiles indefensos. Había que castigar a Japón por el ataque relámpago a Pearl Harbor sin previa declaración de guerra. Pero, ¿y los nortvietnamitas?, ¿qué pecado habían cometido para recibir sobre su piel el castigo de napalm por los aviones de E.U.A? ¿Acaso no es una sustancia química resultado de la conversión de la gasolina en gelatina? ¿Intervino y castigó por ello la comunidad internacional a los culpables? No, aquello no incomodaba porque fue hecho para frenar el peligroso avance del comunismo, o sea, el fundamentalismo islámico de antaño. Pero, ¡por amor de Dios!, si se sabía que el comunismo estaba ya en caída libre. No había más que confrontar la renta per capita de las dos Alemanias para saber que el derribo del muro de Berlín sería inminente y tras él vendría la perestroika. Nadie duda ya que las intervenciones foráneas de E.U.A lo son exclusivamente por la defensa de los «derechos humanos». Los casos de Guatemala, El Salvador, Chile, o el intento fallido sobre Cuba y posterior bloqueo para castigar a los civiles cubanos así lo demuestran. Luego vinieron los misiles y bombas incendiarias sobre Irak para alcanzar objetivos muy concretos, armas todas ellas de una inteligencia y bondad exquisitas para no tocar ni un pelo a la población civil. Y nada que ver con el control de las fuentes del petróleo, como insidiosamente se ha dicho, sino para eliminar las incuestionables «armas de destrucción masiva» y la implantación de una democracia, tan sui generis, que cada dos por tres deja una cosecha de muertos por las calles de Bagdad.
Ante tanta hipocresía, a un servidor no le queda más recurso que el sarcasmo y la ironía. Acudo una vez más a las rimas de mi querido amigo Gavilaso de León. «De ti yanqui no me olvido y tengo como una espina clavada en el corazón que me arrebataste Cuba, y también las Filipinas te metiste en el zurrón en menos tiempo que dura el brillo de una ilusión. Mas subieron a tus barbas desde su Morro en La Habana los humos de un tal Fidel, que creías dócil pez y, en cambio, te salió rana. Ni con cochina invasión conseguiste dar al traste, ¡y mira que lo intentaste!, al barbudo del castrón. Y a aquellos que utilizaste contra los que te ofendieron, no gustaste o te agredieron, más tarde los desechaste cuando ya no te sirvieron. Así fue con Hô Chi Minh contra el pérfido nipón. Con la ayuda de Pequín te humilló con el vietcong y, al fin, te obligó a salir por el tejado en Saigón. Y otro con barba de chivo, en tierras de Afganistán, se te volvió conflictivo, después de expulsar al ruso y dar paso al talibán, y por ello eliminaste en tierra de Pakistán. Y otra hiciste con Sadam, al que diste todo apoyo para salvar el escollo que tenías con Irán, y de una soga colgaste en tiempo del ramadán».
El Sr. Obama, a la sazón Nobel de la Paz, dijo en su investidura como presidente de E.U.A: «El poder de nuestro país no radica en su enorme fuerza económica ni en su poderosa industria armamentística, sino en sus nobles valores e ideales». Vale.