LA VELETA
La soledad del Príncipe
Pocas figuras, sin duda, más tristes que un rey destronado. Quizá resulte igual de patético un futuro Rey con una larga espera por delante. ¿Cuáles son las misiones, cuál el papel, del heredero de un trono? Algunos países nórdicos han resuelto el problema con una abdicación a tiempo y en forma del padre (o la madre) reinante. En otros, como Gran Bretaña, el patetismo ha sido, está siendo, excesivo, al tiempo que la reina Isabel va camino de batir todos los récords de permanencia en el puesto coronado. En España se ha rodeado al príncipe de un enorme vacío legal. Un vacío que incluso afecta a sus hijas, con ese esperpéntico artículo 57 de la Constitución que aún da cierta prioridad al varón sobre la mujer en el rango sucesorio.
Siempre he pensado, desde la admiración que confieso profesarle, que futuro Felipe VI, era un chico, luego un hombre, bastante solitario. Sus padres no han puesto límites a su formación, y eso se nota, ni pudieron coartar su independencia a la hora de elegir esposa, y también se nota. Lo educaron en una cierta rigidez y distanciamiento, lo que, a primera vista —otra cosa es la impresión posterior— se nota aún más. De la misma manera que es patente que existe algún desconcierto acerca del papel que ahora, con su padre teniendo una larga recuperación ante sí y sabiendo que ya nunca será el mismo que fue hace tres años, le toca jugar. La pereza tradicional de nuestros políticos a la hora de acometer reformas legislativas de calado, unida a la escasa voluntad del jefe del Estado por propiciarlas, ha devenido en un peligroso conjunto de vacíos legales, que ni son capaces de regular suficientemente una sucesión temporal, ni los pasos para una abdicación «gradual», que es lo que aparentemente ahora conviene.
Entretanto, ni se ha creado aún una Casa del Príncipe —carece del mínimo personal a su exclusivo servicio— ni parece que el heredero cuente con el presupuesto y la cantidad de asesores que le sitúen, ante los españoles, como el gran Rey que sin duda será.
Nunca fue más evidente que en el caso de la Jefatura del Estado la necesidad de pactos entre las dos grandes fuerzas políticas. Pero ¿qué podemos esperar cuando ni en el ámbito educativo o sanitario —en el estado de bienestar, por tanto—, ni en las pensiones o, peor aún, en la regulación territorial, han sido capaces del menor entendimiento? Poner en el más mínimo peligro, por desidia, pereza o error de bulto, la continuidad de la institución monárquica sería, aquí y ahora, crimen de lesa patria; no están las cosas para plantear, como Cayo Lara quisiera, la disyuntiva Monarquía-República. Y menos para plantear polémicas miserables sobre si el Monarca debería haberse operado por lo público o por lo privado. Ahora, lo importante es paliar esa soledad de un Príncipe. Y el infatigable reloj de arena del tiempo de un heredero que va a cumplir 46 años sigue vaciándose.