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josé a. balboa de paz
León

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Lágrimas negras corren por las mejillas de las mujeres de Laciana. No son lágrimas de tristeza sino de ira por la afrenta de ver los tajos de sus maridos mineros cerrados, en Coto Minero del Cantábrico y Uminsa, por decisión empresarail. Hace meses que no cobran sus salarios y no entra dinero en sus casas. ¡La situación es explosiva! Mientras, medio centenar de camiones escoltados por la Guardia Civil pasa diariamente ante sus ojos trayendo, desde el puerto asturiano del Musel a las centrales térmicas leonesas, carbón extranjero. Les humillan desde hace años con ese trajinar de camiones, al tiempo que se niegan a la menor ayuda al carbón español. Parece como si los empresarios, el inefable Victorino Alonso, y la administración, tan remisa a las ayudas, les pasasen por las barbas que éste, siempre que venga de fuera (más de diez millones de toneladas anuales), aún tiene un papel en la producción eléctrica española, pero no el carbón autóctono.

El carbón nacional pasa por una situación de crisis sin futuro, incluso ahora que por fin se ha firmado un preacuerdo para presentar en Bruselas para aprobar el Plan del Carbón 2013-2018. En él se contempla una disminución de la producción, pues su peso en la producción de electricidad cae al 7,5%, se reducen aún más el número de trabajadores, casi en 400, y las ayudas no son suficientes. Los sindicatos, ante la dureza e intransigencia del ministerio de Industria, cuyo titular parece más interesado en explorar las aguas marítimas de Canarias en busca de petróleo, lo han firmado por ser «el mejor acuerdo posible en el peor momento para negociar condiciones económicas para trabajadores, empresas y comarcas mineras». Lo cierto, es que como consecuencia de estos meses de negociaciones ya han cerrado algunas de las pocas empresas que quedaban en Laciana y en el Bierzo, pese a que en sus entrañas aún hay reservas de carbón como para alimentar las centrales térmicas durante decenas de años.

Las empresas eléctricas prefieren el carbón extranjero, más barato, y la administración ya ha pensado una solución que evite cualquier futuro problema: ¿apoyar el carbón español?, por supuesto, no; ¿consumir carbón leonés? ¡quia!. Proteger a los camioneros, cuyas asociaciones han exigido más seguridad a las autoridades. Para ello se piensa en cambiar la ruta, dar un largo rodeo aunque eso incremente el precio del carbón, y así no provocar la rabia contenida de los lacianiegos. Creen que ojos que no ven, corazón que no siente; o quizá temen que, como los espartanos en el paso de las Termópilas, trescientas mujeres lacianiegas apostadas en el puente de las Palomas puedan impedir cualquier día la entrada del ejército de Jerjes con su flotas de camiones al valle de Laciana, paso obligado para acceder a las centrales de Anllares y Compostilla.

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