Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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Nunca me ha gustado la expresión «a mí no me pagan por pensar», por parecerme soberbia. Toda actividad ha de conllevar antes un pensamiento, aunque sea de cajón. Por ejemplo, a José Luis Feito se le paga para que piense. ¿Lo hace? Ha propuesto que nos jubilemos como mínimo a los setenta años. Es el presidente del Instituto del Estudios Económicos, además del responsable de la Comisión de Economía de la Ceoe. Nació en 1952, pero parece mayor. A los leoneses, una población envejecida, nos ha dejado noqueados con su ocurrencia. También propone haber cotizado un mínimo de 40 años para cobrar el 100% de la pensión, además de recortar prestaciones a los parados. Como coincidamos en el mismo asilo me va a oír, pero me da que el suyo será de esos con piscina en cada habitación. ¡A los setenta! Conozco a uno del Páramo que con tal de no estar con su señora en casa es capaz de trabajar gratis hasta los noventa y nueve, pero ¿hemos de pagar justos por sufridores conyugales? Hace tiempo el señor Feito dijo que había que aceptar trabajos aunque fuesen en Laponia. No es por no ir, pero es que soy de pies fríos. Antes de hablar hay que pensarlo. ¿Dos veces? Y hasta tres.

A quien también se le paga por pensar es al cura del Burgo Ranero, Fabio Jesús María Calvo. Ha comparado en declaraciones la homosexualidad con la lepra, elogiado a Franco y se ha mostrado partidario de la pena de muerte. Desde el obispado, lo consideran un caso de libertad de expresión. Hombre, qué menos que darle una colleja, aunque sea en latín. Por su parte, el biólogo Javier DeFelipe, premio de la Asociación de Alzhéimer de León, ha afirmado en estas páginas: «Nunca se hará un trasplante de cerebro». Visto lo visto, menos mal. A este científico se le paga por pensar y piensa.

En ciertos casos, pensar no basta, hay que ponerse además en el lugar de aquellos sobre los que has pensado, para no convertirlos en abstracciones, menos aún en estadística. ¿Hasta a los setenta trabajando? Depende de a qué te dediques. Tiziano pintó sus mejores desnudos ya octogenario. Don Juan Tenorio, en cambio, hubo de colgar los pinceles antes. Pienso, luego insisto. Hasta los setenta... Horror. Temblor. Pavor. ¿La cacha la paga la empresa?

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