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JESÚS Á. COUREL
León

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La muerte de estos mineros nos devuelve de nuevo al pesimismo. Un tormento añadido que empuja nuestras cabezas a preguntarse sobre el valor de la existencia, sobre si son justos los padecimientos que nos da la vida. La fatalidad de los tiempos que vivimos, junto al agotamiento y cansancio de esta crisis de la que somos prisioneros —sin astucia ni recursos para salir de ella—, nos arroja una vez más a la incertidumbre del mañana con esta precipitada tragedia de la minería leonesa; en la que no sabemos si aceptar con resignación la hostilidad hacia la existencia que produce este hecho o si, por el contrario, debemos rebelarnos ante la injusticia de esta forma de atropello, sombrío y triste, que acaba con la alegría e ilusiones de esas familias cuyos seres queridos han fallecido. Y no hay psicólogos, antropólogos o filósofos que sean capaces de ayudarnos a entender la presencia de estas muertes, porque es un hecho que no tiene encaje en la sociedad actual del bienestar y de la innovación tecnológica.

Ni siquiera cuando adquiere tintes de tragedia como en este caso (por la juventud y número de los fallecidos), la muerte deja de ser un acto de dolor privado, del que nos obligan a volver pronto a la normalidad, ya que uno de los rasgos de nuestra «avanzada» cultura se basa es la ocultación de la muerte. En las sociedades actuales, casi nadie está preparado para afrontar el sufrimiento y la soledad que acompañan al dolor de la muerte de un ser querido. Quizá porque el temor a morir es más acusado en las comunidades evolucionadas que en los extenuados pueblos, donde la conciencia de grupo aminoraba el trauma que suponía la desaparición de uno de sus miembros. Por eso dicen los expertos, como el antropólogo gallego Marcial Gondar, que la muerte sucede al sexo como tabú de la modernidad.

Y es que no le sienta bien el luto al presente que vivimos: frenético, divertido y ameno, donde tiene difícil encaje la muerte, salvo en la festividad de todos los santos. Muy lejos quedan aquellos tiempos en los que, como contaba Juan Alvarado y Albo a comienzos del siglo XX, las gentes de Laciana (y de otros lugares de nuestra geografía) tenían las tablas del ataúd debajo de la cama, sin duda por la dificultad de adquirirlas llegado el momento; aunque no creo que ni siquiera con esas previsiones estuvieran preparados para encontrarse con ella, aun a sabiendas que forma pareja inexorable en nuestro destino. Y no se puede escribir otro final que no sea persistir en la lucha porque la mina deje de engrosar los muertos de nuestros cementerios y abrazar a los que sufren en estos aciagos momentos... Había que hacer algo.

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