MARINERO DE RÍO
Parábola del hombre moderno
Qué hay de lo mío, piensa el hombre moderno, y es casi la única idea que le pasa por la cabeza, el único pensamiento que le cabe en ella porque todo lo demás es niebla, miedo, chiflidos de aparatos y planes de fin de semana. Pequeña letanía cotidiana, las palabras se repiten a sí mismas y acaban convirtiéndose en la sola guía de su cada vez más espantadiza vida.
Porque el hombre moderno, aunque no lo admita en público, quiere ser tripón y propietario, y no ser moderno ni ser nada. Sus deseos de futuro pasan por mirar con lástima y hasta con un punto de maldad a los pobres que piden por la calle, y en rascarse el mentón después de comer, hacer un gorgorito, simular que va a decir algo brillante y luego no decirlo. El hombre moderno aspira a ser, de mayor, fofo, y por eso prepara a conciencia su cabeza, sacando cables y circuitos, y acolchándola de modo que proteja bien la solitaria idea: qué hay de lo mío. Las cavilaciones del hombre moderno son también fofas y lenticulares, y el resultado es una esponja bípeda o pólipo con corbata que camina de un lado para otro murmurando sandeces, siempre las mismas, criatura cartilaginosa con un núcleo duro de egoísmo en su interior.
Pero un día los acontecimientos se precipitaron y atraparon en sus circunloquios a esta raza de seres proliferantes. Primero fueron a por los maestros, y el hombre moderno nada dijo porque no lo era. Luego persiguieron a los médicos y el hombre moderno siguió guardando silencio. Después les llegó el turno a todos los funcionarios y él se quedó en casa por no pertenecer a esa clase. Más tarde se dirigieron contra los concejos rurales, contra los preferentistas, los periodistas, los agricultores, los republicanos, contra los mineros, y el hombre moderno se calló y no los ayudó porque teme y desprecia todo cuanto no sea lo suyo, y siguió boqueando con ojos bulbosos desde debajo de la alfombra.
Por último, cuando vinieron a por él, el hombre moderno se había quedado solo y nadie podía ayudarlo. Y mientras lo arrastraban por las calles aún seguía preguntando por lo suyo, mirando con mansedumbre a sus verdugos.