LA GAVETA
Camus en La Bañeza
Hace medio siglo la educación secundaria en España seguramente no era muy buena. Pero lo cierto es que los alumnos de quinto de bachillerato del colegio San José de La Bañeza hablábamos de Albert Camus por el campo de arcilla que rodeaba el edificio. Hablábamos de muchas cosas, de fútbol, claro, y hasta de mujeres desnudas que ninguno de nosotros había visto entonces, y también de ser misioneros, de ir a Katanga, en el Congo, donde la diócesis tenía un grupo de curas tratando de evangelizar a mineros explotados, a caciques malos, a niños hambrientos y a mujeres. Desnudas, a veces.
Hablábamos de Camus: nos habían ido metiendo el dulce veneno de la literatura día a día. Un compañero que era de Veiga do Bolo dijo: «Lo único malo de Camus es que no creía en Dios»: Y asentíamos. O disentíamos. Otro alumno, el más culto de todos, hablaba también de Sartre. Este alumno gallego venía de una aldea remotísima allende Casayo que hace poco busqué en el Google Earth y que prácticamente ha desaparecido. Aquel muchacho, un poco calvo y con aspecto de Solzhenitsyn juvenil, era grave y profundo y nos contaba las discrepancias entre el engreído burgués y filósofo Sartre y el fascinador argelino Albert Camus, que además era hijo de una española pobre.
En clase el profesor don Gregorio Rodríguez nos esperaba para hablarnos de Brecht, de Beckett, de Ionesco. Recuerdo la pizarra verde con esos nombres blancos. Y todo esto sucedía en 1968-1969. Luego, en los domingos, después de hablar con los amigos y de escribir algunos versos muy malos pero que me producían una emoción muy buena, iba a leer a Camus por el campo, entre las viñas.
Estábamos hechizados por aquel escritor y seguimos en ello. Evocábamos su muerte tan joven y trágica, como el James Dean de la literatura y el encanto. De las mujeres y la libertad. Camus, siempre Camus unido a La Bañeza, todo esto venía por don Gregorio, gran maestro y sacerdote, una especie de Antonio González de Lama del Órbigo. Y de quien he hablado alguna vez, con afecto y gratitud, con Antonio Colinas, bañezano ilustrísimo y también antaño amigo de ese sacerdote culto, del Aliste zamorano, que impartió luz y Camus en las aulas. Y Machado y Azorín y también Virgilio, tal vez la mayor pasión de don Gregorio. «Arma virumque cano».
Todo aquello, al parecer, ahora es imposible en la educación secundaria. Y tantos sucesos parecidos. Y yo, que soy profano en docencias, no entiendo nada. No entiendo por qué los alumnos de bachillerato cada día saben menos de cultura humanística, que es el corazón de toda formación sensata, el eje que enraíza, ordena y enriquece. La ineludible base para todo lo demás de la vida. Y de la muerte.