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javier tomé
León

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El oficio del columnista consiste, básicamente, en procurar que las personas sepan lo que les ocurre a otras personas y el porqué. Por ello, me atrevo a recodarles lo que escribió el gran Baroja, inspirado por una vena profética: el viejo, por el solo hecho de ser anciano, se convierte de forma automática en un indeseable. Una realidad incontestable, empeorada además por el desbarajuste que se vive en España, una farsa de tintes trágicos que no se les ocurriría ni a los hermanos Marxs. Los vientos de la reacción y de la irresponsabilidad social recorren este país que tiene sus instituciones sumidas en la bancarrota, tanto social como material. El asunto no es baladí para el llamado colectivo de la tercera edad, que realmente aspira a poca cosa: comida, techo y sobrellevar de forma más o menos digna esa suerte de muerte civil ciudadana que trae consigo la vejez. En realidad, no sé qué ha pasado con toda la sabiduría que tenían las gentes de otras generaciones, pues ahora mismo la grosería y la mala educación imperan por doquier, olvidando las obligaciones solidarias y humanistas hacia los mayores.

Semejante cortejo de males se agudiza en León, donde se cobra una pensión por cada dos sueldos. Estamos en el filo de la navaja, y ahí quien teme que nuestra provincia acabe por convertirse en algo similar a aquellos pueblos fantasmas que aparecían en las películas del Oeste, posibilidad que da más miedo que el tren de la bruja. Por unas y otras causas, se ha disparado el convencimiento general de que España es un país de buena gente, pero con los tipos equivocados al control de los mandos. En cuanto a los ancianos que apuran los últimos metros en la carrera de obstáculos que es la vida, habrá que garantizarles al menos los placeres de andar por casa ya que, en realidad, nadie es tan viejo que no aspire a vivir un año más.

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