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JUAN CARLOS FRANCO
León

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Cuando dicen que la justicia es ciega, uno, ingenuamente quiere imaginarse que se están refiriendo a lo mismo que Jorge Manrique cantaba en sus coplas sobre el fin de la existencia humana escribiendo aquello de que « allí los ríos caudales, allí los otros, medianos y más chicos, allegados son iguales los que viven por sus manos y los ricos ».

Sin embargo, y después de las últimas decisiones judiciales, todo apunta a que esa ceguera parece más bien estrabismo. Un mirar para otro lado. Un fijar la mirada en un punto, perdiendo la referencia del fondo de la cuestión. Un distanciamiento de la realidad que afecta, y preocupa, al común de los mortales.

Algo huele a podrido cuando el mayor desastre ecológico que uno recuerda —el del Prestige — se salda sin ningún responsable. ¡Y menos mal que no se le ocurrió a alguien empurar a los voluntarios que acudieron a limpiar las costas gallegas por apropiación indebida de un chapapote que no era suyo!

Tal y como van las cosas, no sería de extrañar que en la revisión del caso pudiéramos llegar a esos extremos. Por ello, mejor será irse deshaciendo de los recuerdos de aquel viaje de fin de semana a las costas de Galicia para dejarse el lomo, y algo más, en aquellas playas.

A falta de playas y chapapote, en el Bierzo tenemos montes e incendiarios. Sus efectos son igual de perniciosos para el entorno natural, y encima nos toca más de cerca y sin marisco con el que consolarnos.

Igual que en Galicia semanas atrás, por aquí habíamos decidido otorgarle una vez más el beneficio de la duda a nuestro sistema judicial. Habíamos decidido volver nuestra vista al proceso que juzgaba el incendio que arrasó 300 hectáreas de los Ancares en 2011 con el objeto de encontrar una satisfacción.

Una vez más la justicia nos ha dejado huérfanos de respuestas. Un ‘no culpable’ para satisfacción de la persona enjuiciada, pero que nos deja a los demás desconsolados al ver que detrás del este desastre ecológico, nuevamente, no hay un nombre y unos apellidos, sino un ser anónimo que volverá a campar a sus anchas el próximo verano con total impunidad.

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No nos queda otra que resignarnos, y aguardar a que el monte se tome cumplida venganza por los desastres impunes que le estamos causando.