Publicado por
ALFONSO GARCÍA
León

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Hay acontecimientos biográficos que nos provocan sensaciones ajenas a cualquier tipo de control. Dependiendo de la intensidad del acontecimiento, muy como es el caso, una oleada de recuerdos se levanta desde el pasado. Los fotogramas de la película, que discurren vertiginosamente por el cinemascope de la memoria, se detienen caprichosamente. Ninguna explicación, ninguna valoración a esos detenimientos cuyo ritmo es imprevisible. La memoria es un pájaro azul que acecha permanentemente nuestro territorio interior. La aparente fragilidad del pájaro azul fortalece, sin embargo, la reconstrucción de los episodios de la vida, que en buena medida se sustentan en lo vivido, a pesar de la aparente paradoja, y en la fugacidad que la memoria —testimonio escrito del recuerdo— nos proporciona de esos momentos.

Y así, sin saber cómo ni por qué, me vi en una cocina invernal de mi infancia, al calor del carbón y de la palabra. Del calor de aquellas cocinas económicas sobre cuya chapa bailaban las castañas en el albor de la nieve que ya acechaba en las crestas. Era siempre un ágape de festiva intensidad y cercanía. Al calor también de la palabra que curaba la soledad y procuraba el fortalecimiento de lo imaginario porque eran tiempos de palabra compartida, antes de que llegasen los de la palabra recibida, sin interlocución apenas, impuesta desde la comodidad, o la veneración, de simple receptor concebido y moldeado como tal. Y me vi escogiendo lentejas, no de las que «si las quieres las comes, y si no, las dejas», sino de las que hinchan las muñecas, como decía mi padre apoyando otros gustos.

Inconcebible hoy, escoger lentejas era un rito entonces. Una labor de niño, ocupada la madre en un trasiego que no permitía con frecuencia descansos ni florituras. En la mesa, cuatro platos de porcelana, saltados por el uso permanente: uno para verter las malezas –pequeñas piedrecitas y palos, lentejas de mal aspecto…-, otro para las que, limpias, habían de ir a la cazuela. Dos más, mesa de operaciones en que mi hermano y yo íbamos cumpliendo el cometido. Vertidas las lentejas desde el paquete de papel de estraza rebujado como cierre —la venta era muy al por menor—, la operación era mecánica —un montón detrás de otro, con la medida ya conocida—, lenta, parsimoniosa a veces. Y cuidadosa. Los resultados eran fácilmente constatables, con algún riesgo para la dentadura en el peor de los casos.

El contenido de la memoria es cambiante porque el mundo es cambiante. En este nuestro, globalizado, corremos el riesgo de pérdida o de acumulación en la recámara. Hay que «documentarla» para que no se pierda. Servidor está convencido de que, en general, compartir la memoria es una forma más de humanizar la vida.

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