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ALFONSO GARCÍA
León

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La memoria es más potente que el recuerdo. La memoria quedará en los textos, el recuerdo no». Lo escribe la chilena Marcela Serrano en El Albergue de las mujeres tristes. Los apuntes que tomamos prestados concuerdan con buena parte de nuestras ideas, y los aceptamos por la precisión con que responden a lo que uno no podría expresar mejor. Ahora bien, a raíz de la idea aceptada, es fácil que se prolongue nuestra propia reflexión. Esta tiene que ver con la memoria de las generaciones, sobre todo con aquellas que se incardinan en la realidad inmediata de un momento de su propia secuencia histórica. Lo contemporáneo es un concepto en permanente renovación. La historia se encarga tanto de envejecerlo como de renovarlo.

Como el concepto de tiempo es también cambiante y, aunque su proceso responda al unitario eslabón de la cadena, todos asistimos, por eso que llaman ley de vida, a la desaparición de generaciones, cuyo intervalo cronológico señalaba Ortega en unos catorce años y que seguramente hoy se haya reducido bastante: los cambios de todo tipo quizá hayan hecho mella en la sensación, al menos colectiva, de que el tiempo parece avanzar a una velocidad vertiginosa.

Envueltos en esa sensación, estamos asistiendo al trance de desaparición de una generación fundamental —a mi juicio, decisiva— que puso orden, criterio y ventanas a nuestra realidad más cercana, y ha dejado memoria viva, escrita por tanto, de nuestro acontecer, desentrañándolo y enriqueciéndolo.

El relevo generacional está poniendo en primera línea a una nueva generación que, sin embargo, ya ha entrado, o está entrando en las aguas inquietas de la jubilación. Y creo que, posiblemente —ojalá me confunda—, sea la última que, colectivamente —enfatizo la palabra—, tenga, o haya tenido como foco de trabajo, en sus múltiples vertientes, a esta tierra.

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He de explicitar lo que pienso. O por qué. Creo que un porcentaje sustantivo de cuantos conforman las últimas generaciones la definen como muy preparadas, posiblemente las mejor preparadas de nuestra historia. Vamos a ver qué pasa a partir de ahora. Pero, por razones cuyo análisis necesitaría más espacio, al margen del feroz desmantelamiento a que se está sometiendo impunemente a esta tierra, se les está «obligando» a la dispersión —supongo que sería una broma, en todo caso de mal gusto, lo de «movilidad exterior»—, a la búsqueda del pan que sustente sus proyectos personales y profesionales por otros lares, que «el mundo es ancho y ajeno», como dejó escrito Ciro Alegría. Poco tiempo, por tanto, para la mirada reposada hacia el propio territorio, que, según las previsiones, se irá despoblando a un ritmo realmente vertiginoso. Y es que, y vuelvo a la escritora y la novela con que abrí este apunte, «la patria es aquel lugar donde no se siente frío». Y aquí hace mucho, terreno poco abonado para el cultivo de la memoria.