EL RINCÓN
El malo de la película
No es que sea el protagonista, ya que su apariencia se lo impide, pero el descomedido ministro Cristóbal Montoro es un actor principal.
El buen hombre no le cae simpático ni siquiera a sus simpatizantes. Ahora, además de todos los arduos trabajos que tiene encima, ha caído sobre sus hombros todo el peso de la afición, quiero decir, el pequeño grupo de los que escribimos en los periódicos y el no mucho mayor de los que nos leen. Los que no admitimos subvenciones tampoco admitimos difamaciones, don Cristobalito. No pretenda usted que rompiendo los espejos se evita la imagen que ellos transmiten, porque la realidad es muy terca, aunque se proscriba su reflejo. No todos los que nos quejamos de la inicua presión fiscal que nos tiene asfixiados tenemos grandes deudas con Hacienda: nos basta con las nuestras.
Parece que a este desgradable sujeto no le sujeta nadie, ni siquiera su jefe, el presidente que aún es de todos, el serenísimo señor Rajoy.
¿De qué querrá el ministro de Hacienda que se hable en las radios, en la prensa y en las televisiones supervivientes? ¿De lo bien que va todo? ¿De la gente que comparece en su despacho para pedir socorro? «La prensa libre puede ser desde luego buena o mala, pero con toda seguridad, sin libertad no puede ser más que mala», dijo Albert Camus, pero el señor ministro, que no sé si ha tenido tiempo para leerlo, lo tiene para discrepar de lo que leen los demás.
No le gusta lo que se dice sobre la Agencia Tributaria, de la misma manera que a los españoles no nos agrada que nos pida a nosotros tanto dinero esa implacable agencia.
Los malos de las películas nunca han sido charlatanes, sino tipos de pocas palabras, duros y decididos. Jamás chivatos ni calumniadores.
Tampoco han sido ni lenguaraces ni tan feos. Los pistoleros no deben amenazar si no llevan buenas armas y están apuntado con el grifo y su munición es sólo agua de borrajas.