Publicado por
juan carlos franco
León

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Entre montaje de belenes y actuaciones varias decidimos anestesiarnos lanzándonos a este cuento de la Navidad, y de esta forma intentar olvidar los pesares del año a punto de claudicar. Y así, año tras año, entre el frenesí compras compulsivas y los atracones —cada vez menos— típicos de estas fechas, bajamos la guardia y les dejamos, a los que dicen mandar algo, actuar a su antojo.

Y de eso se aprovechan. Y por lo mismo, con más tradición que los mensajes navideños del Rey, ya tenemos aquí una nueva subida de la luz que nos ‘ayudará’ a arrancar el próximo ejercicio con nuevos bríos y renovadas ansias laborales. Un nuevo regalo de los que controlan este cotarro eléctrico, que, en base a no sé qué subasta y a un déficit tarifario al que cuanto más aportamos más nos queda por abonar, vuelve a dejar bien a las claras su escaso contacto con la realidad que vive el ciudadano de ‘a pie’

Cuando se aplican subidas como ésta, que se anuncia superior al 10% —osea igualito que la subida de sueldos—, a uno le entran ganas de ser catalanista de aquí y reclamar la independencia, aunque sólo sea energética, del resto. Con el carbón que no quieren y las centrales térmicas que infrautilizan, seguro que podríamos pasar mundialmente de esa jungla en la que se ha convertido el supuestamente liberado mercado energético.

Y mientras no se cortan un pelo en subidas como ésta, o recortando servicios básicos en aras de una rebaja del déficit público, con el objetivo de ajustar sus cuentas estatales, entre tiburones se siguen otorgando prevendas que todavía nos hacen sentirnos más insignificantes.

Será que ellos sí entienden el significado de la Navidad, y entre ministerios —ya sea el de Hacienda, el de Industria o el de Economía— y grandes empresas vuelan las dádivas. Sólo así se entienden decisiones como vender un banco a un tercero por unos millones pagaderos en cómodos plazos y por una décima parte de lo que los españoles invirtieron en esa entidad para conseguir su rescate —visto lo visto, nos hubiera resultado menos lesivo no rescatarla—.

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Y a estas alturas de partido, ¿cómo puede ser que todavía no haya surgido alguien que se plantee que es mejor mantener que malvender o regalar? Nos querrán sorprender en 2014.