Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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Me encuentro con Manuel Garrido, que viene desde la Cabrera a sus revisiones. En las ciudades pequeñas, incluso cuando se tiene prisa, hay siempre un minuto de 120 segundos para detenerse con el amigo. Hablamos sobre los Panero. Él es un hombre en contacto diario con el paisaje, el de la naturaleza y el de la condición humana, un sacerdote poeta y traductor de Virgilio. Le irrita tanto ensalzamiento del malditismo de los hijos, tanto silencio sobre la poesía del padre. «¡Por Dios, es que en este país ya nadie habla de la belleza!», clamó. Y recitó un fragmento de Dime quién eres , el poema del patriarca de la saga, con la precisión de quien ha sido bendecido con el don de la memoria, no para exhibirla sino para ponerla al servicio de los demás. «Dime quién eres tú que andas sobre la nieve/ Tú que, al tocar las estrellas, las haces palidecer de hermosura/ Tú que mueves el mundo tan suavemente, que parece que se me va a derramar el corazón». La calle quedó convertida en cosmos, mientras el sacerdote recitaba. Según Freud, el hijo se forma matando al padre. Los hijos de Panero se tomaron demasiado al pie de la letra dicho aserto freudiano y siguieron matando al suyo una vez muerto. A mí todo eso de los malditos de la poesía me suena a fórmula. Entiendo el concepto, pero rechazo que pueda ser convertido en un ismo. Cada cual lleva consigo sus propios tatuajes de dolor, bajo la ropa o a la vista. «Dime quién eres; ilumina quién eres; dime quién soy yo también, y por qué la tristeza de ser hombre; dímelo ahora que alzo hacia ti mi corazón, Tú que andas sobre la nieve». Demasiado olvido sobre un gran poeta.

Sí, la belleza. Hemos dejado de hablar de ella, como si nos avergonzase no saber ya definirla. ¿Pero alguna vez se ha sabido? Quizá ésta sólo sea la verdad expresada con compasión.

Y ha llegado la primavera, aún con modos de invierno. A las estaciones les gusta del mestizaje. Una primavera con nieve sobre la que dejar el rastro de nuestras pisadas, en un mundo donde, pese a todo, prima el amor sobre el horror, la gratitud frente a la deslealtad, el perdón frente al resentimiento. Y tras marcharse Manuel Garrido, ante la súbita llegada de su autobús, recordé el cuarto mandamiento.

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