EL BAILE DEL AHORCADO
Weber
Como en todo, para dejar las cosas claras. Hay de todo, y ese ‘de todo’ no depende de la profesión, la categoría o el peldaño que ocupes en la escala social. Lo que ocurre es que hay un tipo de personalidad que parece que ha perdido el miedo a mostrarse tal cual es, obviando la virtud del decoro y pasa tanto entre trabajadores como entre empresarios. Estamos de acuerdo en el hecho de que el fin de alguien que arriesga su hacienda es multiplicarla. Exceptuando a Cáritas, la ambición es la fuente de cualquier empresa... viable. Aquí se está para ganar dinero. La vocación con pobreza no renta. A no ser que seas un genio. Lo que ocurre es que la moral católica nos ha hecho mucho daño. Ya lo dijo Weber, en La ética protestante y el espíritu del capitalismo y no voy a extenderme en el tema.
Los que estén al día de las cuestiones de la patronal leonesa ya sabrán a quién me estoy refiriendo. No digo su nombre porque no me acuerdo. El caso es que estamos —o están, que aquí no llega el AVE del siglo XXI— en el ídem y quien no considere a los trabajadores como parte de la empresa es que no saben de qué va la vaina. El materialismo dialéctico se quedó en vía muerta hace dos siglos y los empleados que no se sientan parte del proyecto de su empleador lo harán fracasar. Antes o después se irá pique —a pesar de la globalización—, antes o después tendrá que reinventarse para subsistir. Es biología pura. Ninguna especie busca su extinción y los sistemas colaborativos son los que han demostrado mayor índice de supervivencia. Por lo demás, tampoco puede entenderse bien que alguien que invierte su dinero y su tiempo —de aquí nadie va a salir vivo— lo haga poniéndose en manos de personas que van a la contra, que se sienten estafadas y que piensan que son tan sólo una pieza de un engranaje que no comprenden.
El trabajo es vocacional o no lo es, en eso estamos de acuerdo, pero a un trabajador no se le puede pedir que pague por enriquecer a un consejo de administración. Y, sobre todo, si un empresario tiene maneras decadentes, al menos debe guardar las formas. El empresario no es el enemigo y un negocio basado en las trincheras puede ganar batallas, pero perderá la guerra del progreso. La pregunta que hay que hacerse es cuál es la productividad de cada miembro de la empresa, incluido el jefe. Lo malo es que sin cabeza los organismos se mueren.