EL MIRADOR
Líderes silentes y lideresas locuaces
Nadie duda de que los caracteres, talantes y talentos de Mariano Rajoy y de Esperanza Aguirre son distintos y distantes. El primero se desembarazaba esta semana de la sombra siempre incómoda de la lideresa que se había convertido en la voz crítica de su partido, en una personalidad adorada y odiada que siempre estaba en la balanza de la duda sobre si concurrir a las elecciones para la alcaldía madrileña o, simplemente, seguir siendo el pepito grillo de su partido, exigiendo a veces cosas muy lógicas —como la primarias internas—, que ella, sin embargo, no puso en marcha cuando tanto mandaba.
La presidente del PP madrileño acaba de cometer un error mayúsculo, seguido de inenarrables equivocaciones en cuanto a comunicación, que la descabalgan de cualquier posibilidad de continuar en la primera fila de la política. Rajoy no ha movido un músculo, ni una sonrisa de medio lado, ante el ocaso definitivo de quien osó alzarse como posible alternativa ideológica y moral. La esfinge calla. De nuevo.
Atesoro impagables anécdotas sobre Aguirre y con Aguirre, que algún día contaré en unas memorias. El personaje me es simpático, pero obviamente carece de las cualidades necesarias para nadar en aguas profundas. Y no era, no es, corredora de fondo como para competir, ni siquiera tácitamente, con ese Mariano Aguirre capaz de salir de todos los tsunamis sin un gesto. La lideresa decae, el líder silente permanece y desconcierta a los suyos, reunidos en Valencia, al no anunciarles ni si va a intervenir en el importante debate parlamentario del martes sobre la pretensión secesionista catalana.
Tengo para mí que el tropezón municipal de Aguirre, que tanto nos ha hecho reír a los que presumimos de cierto humor, y tanto ha indignado a los más intransigentes, ha servido para ocultar cosas como la propuesta de reforma de la Justicia que Gallardón, en una nueva iniciativa para no perder protagonismo, ha lanzado, sabiendo que probablemente no llegará a entrar en vigor. O para frenar comparaciones entre las iniciativas reformistas en Francia y las que por aquí se estilan, mucho menos radicales y mucho más demoradas: Hollande, en horas veinticuatro, ha dado un giro a la marcha de su Gobierno y hasta del Estado. Se pueden hacer crisis ministeriales de calado y ya ve usted, no pasa nada.
Y hasta ha contribuido el affaire lideresa a oscurecer esos rumoreados contactos secretos entre el Gobierno central y la Generalitat catalana, unos contactos que, de fructificar, tan esperanzadores serían. Solamente otra mujer, la polémica periodista Pilar Urbano, ha logrado competir con los titulares copados por la lideresa esta semana. Pero esa, la de volúmenes de este tipo que reinventan la historia, es, perdón ahora por la reiteración, otra historia.