Diario de León
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NOMBRE APELLIDO CArgoQuam ipimil hosta orumus
León

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De nuevo estamos de luto. Hace un tiempo comentaba desde esta misma sección la muerte de una niña, sacrificada en aras de una sociedad enferma de libertinaje, molicie y deseos de «disfrutar». En aquel momento, los responsables directos fueron el maltrato y la droga.

Cuando enumeré las causas olvidé una, si no la más importante, tanto o casi tanto como las otras: los intereses políticos. Como rebaños estúpidos seguimos al pastor que se beneficia de la leche, la lana y los corderos. Nosotros, las ovejas, nos limitamos a pastar los hierbajos que nos deja, y aun estamos contentos y le saludamos con balidos esperanzados cuando se nos acerca.

Ahora toca separar y separamos, convencidos de que eso es lo que deseamos y de que es lo más conveniente para que nuestra lana aumente y crezca más lustrosa, y si en esa estúpida pugna pierde la vida una niña inocente, pedimos disculpas y listo. El proceso autonómico —ahora francamente separatismo— debe seguir su curso e impregnar de esa idea a toda la sociedad.

¿Alguien se ha preguntado para qué le pueden servir las disculpas a una madre de regazo vacío? ¿Van, quizá, a devolverle las risas, el lenguaje trabucado, los pasos inseguros, los cálidos abrazos de su pequeña? No. Nada de eso ocurrirá, pero a los que con ella lloramos su dolor nos importa.

Ignoro si hay provincias —creo que sí, pues incluso antes del susodicho proceso ya se las beneficiaba más que al resto para tenerlas contentas— que se hayan visto muy favorecidas por las fronteras que, poco a poco, vamos colocando; desde luego a León, a nuestra tierra, no solo no le han servido para crecer, sino que ha abandonado sus riquezas —ganadería, agricultura, minería...— en provecho de... ¿quién? ¡Bah! Eso no importa. Las nunca suficientemente alabadas autonomías no nos han aportado nada. O bueno, sí; ahora, cada vez que salimos de nuestras fronteras, somos extranjeros.

Hace unos días viajé a Pamplona. Un incidente, que no viene al caso, hizo que perdiera unos medicamentos que no pueden ser adquiridos sin receta. Me acerqué a un centro de salud de la ciudad pamplonica y, para mi ignorante asombro, en sus archivos no aparecía mi ficha médica. «Normal —dijo alguien mucho más enterado que yo, quien, tontamente, creía formar parte de un país y no de un corral de ovejas—. Es que usted pertenece a otra autonomía...». El problema fue resuelto —por cierto, muy eficaz y amablemente— por los médicos y enfermeras del centro, y yo pude hacerme con los medicamentos gracias a esas personas, que no al ente superior, Papá Estado, que me había convertido en extranjera en el que yo creía mi propio país.

Hubo un tiempo en el que los gobernantes decidieron —no sé si por principios o simplemente, como ahora, por sus intereses económicos— recuperar las tierras que unos invasores —supuestos, claro— les habían arrebatado, y se pusieron a ello reconquistando —con perdón— palmo a palmo, el suelo que perteneció a sus antepasados. Y para llevar a cabo su epopeya particular, hicieron que el barro que pisaban se enlodara más y más con la sangre de las ovejas a las que conducían, de grado o por fuerza, en pos de unos ideales que habían conseguido hacerles creer imprescindibles e incluso sublimes. Y quizá lo fueran, como también ahora puede que sean indispensables, o aun convenientes —es difícil para las ovejas ver otra cosa que el escaso pasto que les permite sobrevivir—. Pero aunque lleguen a persuadirnos de que hay razones de peso para seguir con el proceso de desintegración de un país, de lo que estoy segura es de que no podrán convencernos, al menos a algunos, de que una miserable disputa de fronteras, si ese ha sido el motivo de fondo, se haya llevado para siempre la sonrisa inocente de una niña, que miraba a los adultos, a los que creía responsables y sabios, con la entregada confianza del que se sabe débil y dependiente.

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