TRIBUNA

Tinieblas: Un Patrimonio Inmaterial recuperado

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Centro Internacional de Estudios sobre Religiosidad Popular: LA SEMANA SANTA de la Universidad de Valladolid.
León

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Mansilla de las Mulas celebró un año más el rito de las tinieblas, recuperado por lo vecinos con el apoyo del Museo Etnográfico Provincial que, hasta ahora, está siendo un ejemplo de museo moderno. El museo, además de cumplir con los mandamientos de la museología clásica de recopilar, conservar, restaurar y exponer los fondos, muy ricos y variados en este caso, también se implica en la recuperación de la memoria y patrimonio de la población y del entorno en el que está ubicado.

El oficio de las tinieblas en esta villa leonesa del Camino de Santiago se recuperó en clave de rememoración tradicional de los cultos populares de la Semana Santa, vividos con entusiasmo hasta el cambio de la liturgia en la segunda mitad del siglo pasado. Cuando hagamos estudios serios sobre los ritos populares de la Semana Santa, quizás nos demos cuenta de que lo que estamos recuperando en clave de curiosidad local son restos de restos de antiguas liturgias universales. Pero, mientras tanto, querría señalar un par de notas sobre esta costumbre, que en el caso de Mansilla de las Mulas se ha actualizado respetando los valores patrimoniales de una tradición de gran raigambre histórica y antropológica.

El oficio de las tinieblas se denominaba en latín officium tenebrae y por eso al triángulo sobre el que se colocaban las velas se le denominaba «tenebrario». Con este nombre se denominaba a los oficios de Maitines y Laudes de Triduo Santo de la Semana. Según la tradición al final de cada responsorio se apagaba una de las velas, hasta quedar encendida solamente la vela que coronaba el triángulo, la llamada vela María. El celebrante la tomaba en sus manos y la guardaba momentáneamente detrás del altar, quedando la iglesia en la más completa oscuridad. Este gesto se ha interpretado como la luz de Cristo, que se oculta durante tres días en el sepulcro para renacer después con más fuerza.

Al ocultarse la luz, los asistentes hacían todo el ruido posible con matracas, carracas y todos lo instrumentos, piedras incluidas, en una algarabía que pretendía conmemorar los terremotos sobrevenidos a la muerte del Salvador, según el relato de los evangelios. Los mayores que conocieron el rito recuerdan la algarabía y el ruido que se hacía golpeando los bancos de la iglesia, pateando en el suelo de madera o batiendo cualquier instrumento que no fuese metálico. Repiten como anécdota (lo he recogido en diversos puntos de la geografía leonesa) que los rapaces llenaban los bolsos de clavos para sujetar a la tarima los mantones y las faldas de las ancianas, que entonces aún se sentaban, medio arrodilladas en el suelo sobre almohadas. El tenebrario en su origen tenía un número indeterminado de velas, generalmente impar, pero poco a poco se fijó su número en quince. Once representaban a los apóstoles después de la desafección de Judas, tres a las Tres Marías y la cuarta que era más grande y que coronaba la cima a la Virgen. La denominada Vela María, la superior no se apagaba si no que el sacerdote la ocultaba momentáneamente detrás del altar.

Matracas y carracas: Aunque con frecuencia las dos palabras designan a un solo instrumento, sin embargo se denomina matraca al que consta de un tablero de madera al que se unen unos martillos móviles de madera o de metal que golpean el cuerpo del instrumento; mientras que la carraca tiene un mecanismo en el que una rueda dentada de madera levanta las lengüetas, también de madera, produciendo un sonido seco. Ambos instrumentos los utilizaban los críos en juegos estacionales de primavera, y también durante la Semana Santa, llegando a su culmen en los Oficios de Tinieblas.

Las catedrales y algunas torres de iglesias importantes disponían de una matraca en el campanario. Constaba de un grueso eje de madera del que sobresalían varios tableros en aspa. Tenía entre estos tableros unos gruesos mazos de madera que al girar el instrumento caían con fuerza sobre los tableros haciendo un ruido que se oía en toda la población. En el Museo de Mansilla de la Mulas se puede ver la reproducción de uno de estos instrumentos. Los pueblos pequeños y las parroquias eran llamados a los oficios de la Semana Santa (desde el Gloria del Jueves Santo hasta el mismo canto de la Vigilia Pascual no se tocaban las campanas) por una carraca más grande —«carracón» lo llaman significativamente en algunos lugares— que portaban entre tres monaguillos, dos sostenían el instrumento y el tercero hacía girar la manivela. Cuando, hace ya varias décadas preguntaba yo a los curas ancianos por el silencio de las campanas y el uso de las carracas y matracas, me decían que las campanas significaban la voz de los predicadores, que a su vez recordaba la voz de los apóstoles. Y así como éstos huyeron cobardemente en la pasión sus voces enmudecen durante los días santos, y sólo se oye el testimonio callado de los maderos de la cruz. Repetían mis informantes, lo supe después, la interpretación que divulgó J. Ferreres, un liturgista que escribió su tratado sobre las campanas a finales del siglo XIX.

Tenemos noticias del uso de carracas y matracas durante los días de la Semana Santa en Roma en el siglo VIII. Podría ser la pervivencia de una tradición propia de la Ciudad, porque no hacía mucho tiempo que habían comenzado a utilizarse las campanas para llamar a la liturgia cotidiana. Un viajero que llegó a Roma a finales del siglo VIII se extrañaba de que en la Urbe no se usaban las campanas para convocar a los fieles a la liturgia, si no que lo hacían con instrumentos de madera. Según le contaron, los romanos mantenían la costumbre de los primitivos cristianos, quienes durante las persecuciones y ante la imposibilidad de utilizar los bronces, seguían convocando a golpe de carracas y matracas.

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El uso de las carracas y matracas en las tinieblas comienza cuando se introduce en la iglesia un instrumento lúdico infantil para celebrar un rito religioso con final carnavalero, como sucedió con otros muchos durante la Semana Santa, tiempo en el que lo sagrado y lo profano conviven en un equilibrio plenamente aceptado por la mayoría de los fieles.