LEÓN EN VERSO
Al acoso
Con una legislación más tierna que el anuncio del día de la madre y esa disposición hacia el hostigamiento y el cainismo que tan bien define a los leoneses, el fenómeno del mobbing en esta tierra supera el umbral de la epidemia. Médicos brillantes tuvieron que salir por patas del hospital del León, casi perseguidos hasta el límite provincial, zarandeados sólo porque su talento tapaba la proyección del hijo del jefe, guardián del trono para el vástago, en otro de los episodios infames que rodea la gestión pública aquí; salpicada de nepotismo, hasta vestir de normalidad que un puesto de alto rango en los del escalafón de la Junta se herede como la hijuela. Quedó impune. Nadie detuvo al acosador y nada va a restañar el boquete en la dignidad del acosado, que sólo regresó del destierro cuando la jubilación se llevó por delante al martillo pilón que le amargó la vida. He visto a periodistas acosados. El acoso en una redacción lleva marca de neurosis, que domina a los lunáticos que la emprenden a patadas en los riñones con la misma obcecación que desenmascara a quien conjuga el verbo salmodiar para terminar por confundir actualidad, noticia y chismorreo. Un copia y pega como forma de vida que disimula la limitación intelectual del perturbado. Para entender el acoso junto a los teclados conviene no olvidar que la de periodista es la tercera dedicación con más psicópatas enrolados. ¿Y qué hace un plumilla en el asedio? Dejar que se le pudra la sangre, como el médico del hospital hasta que hizo las maletas. La diferencia es que para fedatarios de la realidad no hay resquicios para huir. Un delito no lo enjuga la certeza de que la envidia es el tributo del mediocre frente el éxito. Miren al acosado y verán al acosador, amagado entre la difamación, los rumores, la malicia, las calumnias sobre su víctima; y tras sus silencios amedrentados, los intentos de ridiculizar su trabajo; el incordio de los acosadores que salen de caza con la liturgia de las incursiones nocturnas de los lobos ataca a empleados válidos, eficientes, capaces, valorados y creativos; reconocidos entre los mejores de la organización. Lunáticos con traje de normalidad, trastornados maquillados de falsedad, dementes de noches de insomnio que planea después en el acorralamiento a su obsesión, hasta que logren fatigarlo en la extenuación de la infamia. En León, la falta de talento siempre se arregló con acoso y con apropiaciones indebidas.