TRIBUNA
¡No más Mozart asesinado!
Con la edad de la inocencia el arte de vivir se pinta con luces de expectativa, de horizonte, de ilusión, de esperanza, de aspiraciones y de aventura. Ser mayor conlleva el crepúsculo, la retracción de la luz, del movimiento y del tiempo. Los años pasan y en el libro aún por cerrar de la existencia se van inscribiendo páginas ilustradas con añoranzas, nostalgias y recuerdos. Un día abres el álbum de fotografías y te ves de niño con rostro angelical, especie de Mozart, una bella promesa de la vida abierta a todas las posibilidades. Protegido, educado, cultivado. He aquí la suerte de un fruto dorado con apenas seis años de vida. Ante su imagen te emocionas, como cuando nace por mutación una rosa nueva y todos los jardineros se conmueven. A esa rosa se la aísla, ampara y favorece. Pero, por desgracia, cada vez hay menos jardineros para el cultivo de los hombres. El presunto Mozart de la fotografía, el precoz genio de la música, se verá marcado, como tantas y tantas promesas, machacado por la máquina del sustento. Su tierno y delicado espíritu anegado en el hedor de un muelle acarreando carne, frutas o pescado. Cuando no su desatendida formación musical vaciada en los pasillos de cualquier estación de metro. Mozart está condenado. Entonces, lo que duele no es su pobreza. Generaciones enteras han vivido, viven y probablemente vivirán felices en la indigencia material. Lo que más duele es que cada uno de estos niños se quede anclado en el umbral de sus potencialidades y expectativas intelectuales, espirituales y artísticas. Ser o no ser, he aquí la música al arbitrio sensible de quienes ostentan el poder de promocionarla o cercenarla. Lo que más duele es que cada uno de los niños promesa, cada Amadeus en ciernes, sea el retrato de un Mozart asesinado.
La fotografía infantil podría ser de ese otro Mozart asesinado porque sus padres o tutores optaron por llevarlo a un espectáculo taurino y musical. No a un concierto, ópera o zarzuela, porque no era de su gusto, porque tampoco lo fue de los abuelos ni de la escuela. Y aquel niño, con el alma virgen todavía, se acongoja cuando, al compás de la música, se pincha y martiriza a un tierno eral a estocadas y descabellos por todas las partes menos por aquella que le hubiera ahorrado el lento suplicio de morir. Contra el dulzor de una melodía o la destreza de unas manos sobre las teclas de un órgano o piano o las cuerdas de un chelo o de un violín, he aquí el jadear angustioso y la mirada suplicante de la pobre res urgiendo el deseo de acabar.
Pese a todo, ¿a qué obedece que mucha gente ame la música y goce con ella, incluso sin la capacidad de poder leerla en una partitura? Esta es una pregunta desalentadora, porque muchos de los placeres de la música son intuitivos y resulta difícil explicarlos en términos racionales. Pero lo cierto es que lo primero que hacemos instintivamente con un bebé es cantarle una canción de cuna. En los actos más intensos de la vida social o personal de todas las civilizaciones, la música desempeña un papel mediador para ampliar las comunicaciones hasta los límites de lo divino. Por los comentarios de Platón (Timeo y República) y Aristóteles (Política) sabemos que el estudio de la música ocupaba un destacado lugar en la educación. Mientras ella tenía como destino la educación de la mente, del cuerpo lo era la gimnasia. Los pitagóricos consideraban la música como una armonía de los números y el cosmos, este mismo reductible a números sonoros. Es incuestionable que la música en todos los tiempos y civilizaciones es reconocida como un inmenso y mágico poder para suscitar directamente las más variadas y profundas emociones. Todo lo que sabemos y sentimos acerca de la música se funde en un compuesto orgánico de placeres interrelacionados. Desarrolla la capacidad de deleite y admiración, nos acerca a nuestro sentido de la piedad, de la belleza y del dolor, al sentimiento latente de hermandad, a la invencible convicción de solidaridad que entrelaza la soledad de innumerables corazones, tanto en la alegría como en la tristeza. Toda pieza musical guarda cierta relación de la cultura con la cual forma parte. El Romanticismo del siglo XIX se refleja con la misma nitidez en Verdi que en Víctor Hugo, en Wagner que en Nietzche. En suma, la música muestra su poder, además de desencadenadora de las más profundas emociones, como purificadora del espíritu, mediante una catarsis inolvidable.
Hay músicos pasivos, simplemente receptivos; y músicos activos, compositores o intérpretes. El hecho de saber ejecutar un instrumento musical o de cantar puede introducir al individuo aún más profundamente en sus reductos más ocultos. Por otra parte, la posibilidad de expresar sentimientos con el vocabulario de la música, para quien ya no le resulta en absoluto una jerga esotérica, aumenta el placer y excita el intelecto. Aprender a leer música, o al menos reconocer las notas, puede aumentar el goce y la comprensión que se derivan del hecho de escuchar música como un todo, y ser capaz de referirse a ella de una manera más coherente e informada. Las actividades grupales entre intérpretes revelan a la música como la más social de las artes y, paradójicamente, el individuo conserva y pierde al mismo tiempo, su identidad en un esfuerzo común para lograr la expresión emotiva.
Está previsto suprimir en el sistema educativo español la enseñanza de la música tanto en primaria como en secundaria. Si así se ejecuta, será una de las mayores barbaridades que se puedan cometer en el ámbito de las humanidades. En contraposición y contra presunto bárbaro atentado, he aquí los primeros brotes verdes en el nacimiento de una asociación que ampara la Joven Orquesta Leonesa (JOL). Dios quiera que reciba el apoyo y el cariño de todos los espíritus amantes de la música, que muchos hay por esta tierra. Y, fundamentalmente, para que haya cada vez menos Mozart asesinados.