Diario de León

TRIBUNA

Europa a trompicones. España también

Publicado por
Andrés Mures Quintana.
León

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El resultado de las elecciones al Parlamento Europeo ha dado pie a no pocas conjeturas de variado tono. Igualmente, numerosos componentes de la denominada casta política, han hecho manifestaciones de diverso signo y harto dispares, probablemente fruto de la sorpresa que han deparado las urnas. Para nadie era un secreto que la abstención iba a alcanzar cotas de apreciable magnitud. Así ha sido, pero con una particularidad que merece la pena no pasar por alto, y es que casi todos los analistas pensaban que iba a ser varios puntos por encima de lo que en realidad ha resultado ser. No deja de ser un consuelo dentro de la desgracia. Lo que sí ha supuesto una novedad destacada ha sido la ascensión de pequeños partidos en una muy notable proporción. Formaciones de signo diverso, tanto en ideología como en la forma de entender la acción política.

El caso más llamativo, sin duda, ha sido ese 25% que ha obtenido el Frente Nacional con Marine Le Pen a la cabeza, que la convierte en la fuerza más poderosa e incisiva del país vecino. Las formaciones de ideología extremista han aflorado con ímpetu, y se decantan por orientar sus convicciones hacia la derecha o izquierda de forma alternativa. En Austria, Dinamarca, Italia, Francia Holanda, Grecia o el Reino Unido, las formaciones derechistas han cobrado vigor. Sus rasgos más destacados estriban en su carácter antieuropeo (los llamados euroescépticos) y en su marcado carácter xenófobo, remarcable en el caso de Francia (Frente Nacional) y Grecia (Amanecer Dorado) principalmente, pero que es fácil encontrarl) en Austria, Dinamarca u Holanda. Todo esto causa extrañeza en naciones con una dilatada trayectoria de democracia parlamentaria, pero las dificultades económicas son caldo de cultivo de extremismos. La debacle económica de 1929 propició desajustes sociales de tal envergadura, que naciones hasta ese entonces prósperas (Alemania) quedaron sumidas de repente en la pobreza y la desesperación. Era el caldo de cultivo del nacionalsocialismo hitleriano, lo demás vino luego rodado. La irrupción creciente de gentes venidas de otros continentes u otras latitudes a veces no muy lejanas (turcos, marroquíes, sirios, europeos del Este, subsaharianos de procedencias diversas) además de latinoamericanos, chinos o paquistaníes, son motivo de preocupación en todos los países europeos, singularmente en los de Europa Occidental (a excepción de Portugal), que son los receptores principales. Sociológicamente constituye un problema añadido y no menor. La cultura, la religión, las creencias, las costumbres y un largo etcétera, forman un mosaico variado de difícil ensamblaje en la forma cotidiana de vida de los países europeos más desarrollados. En los últimos años, Noruega, Reino Unido, Bélgica y Francia han sido escenarios cruentos de choque de culturas.

Es cierto que cada país de Europa tiene sus particulares problemas y ahí es donde la acción de los políticos entra en juego. La disconformidad creciente de los ciudadanos, donde el caso de España es paradigmático, se traduce en que la ciudadanía hace tiempo que ha roto relaciones con una clase política (la casta) que a juicio de la gran mayoría sólo vive por y para ella. Probablemente de esta desafección creciente cada día que pasa, es de donde los partidos minoritarios de extrema izquierda obtienen sus réditos más considerables y significativos. Si nos ceñimos al caso de España, y al margen de los minipartidos de calado nacionalista, las tendencias comunistas y los extremistas de dirección múltiple (Podemos) han hecho su agosto.

La idea magnífica y loable que un día pusieron en práctica políticos de raza, serios, inteligentes y honrados tal que Schuman, Monnet, Spaak, Konrad Adenauer e incluso De Gaulle, corre peligro por problemas derivados de una situación económica muy grave que a echado al paro a casi 22 millones de europeos. Igualmente contribuyen desarreglos de índole social y de convivencia motivados por millones de personas venidas de otras latitudes y cuyos hábitos de vida no concuerdan en muchos aspectos con los que aquí son moneda corriente. A ello hay que añadir que la clase política dirigente se ha ido convirtiendo en una asociación privilegiada de bon vivants que mira al ciudadano común como a un vasallo.

Merkel puede ser una de las soluciones, pero la mesa europea necesita de más patas. El reto se antoja difícil, y si el Parlamento europeo no se regenera de forma apreciable el tranvía europeo seguirá dando trompicones por un camino plagado de baches profundos y piedras puntiagudas. Mientras, aquí cada uno a lo suyo: Artur Mas tejiendo su misión imposible. Los de Baracaldo siempre en guardia. Mariano seguirá con ese extraño gesto no sabiendo bien si ha visto a Elena de Troya subida en una escoba o al botafumeiro de Santiago descolgarse de sopetón de la maroma que lo balancea. Rubalcaba anunciando su marcha pero marcando las cartas por debajo de la mesa. Su íntima pasión, la maquinación desbordante para alterar el precio y la esencia de todo lo que le rodea, permanece intacta bajo su calva. En España, el pan y toros de muchos años, ha devenido en un circo de final muy desgraciado para muchos. Los políticos, hoy por hoy, parecen salvarse del naufragio. Nos preguntamos hasta cuándo, pues sabido es que la paciencia es un don que empieza a escasear de forma notable.

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