CUERPO A TIERRA
Continuismo o restauración
Sentimental e idealista no son conceptos opuestos. Aunque el primero mira hacia el pasado y el segundo hacia el futuro, ambos convergen en el presente de muchas cosas, como por ejemplo en la apoteosis institucional del turismo. Casi las primeras declaraciones del nuevo presidente de la Diputación han ido, cómo no, en ese sentido. No se han desviado, como cabía esperar, de la línea marcada por la Junta. Apoyo total y ni una palabra del vacío fabril o desierto industrial en que va a acabar por convertirse esta tierra. Entiendo que alrededor del patrimonio que tenemos está bien potenciar estructuras, fomentar sinergias, sinapsis y hasta alumbrar utopías futuras, pero también tenemos trabajadores. Un sector que está pidiendo ser restaurado con urgencia.
Los destinos históricos, cuando se vuelcan hacia la atracción de guiris en chancletas, pretenden caminar hacia el mañana sobre las cenizas un ayer más o menos glorioso o cuando menos interesante. Con la lluvia de la bonanza constructora que nos ha asolado y de la que por poco no salimos vivos, crecieron como setas las rutas temáticas, los museos de arte contemporáneo, los patronatos de turismo. Aplaudía la hostelería y el sector servicios, las ciudades pensaron que iba a mantenerse en su pico la ola, países como el nuestro se lanzaron más que nunca a su vocación de lugar de vacación. Sol y playa, turismo de interior, fitures y folletos para todos. A vivir del clima y el patrimonio.
Se abandonó el tejido industrial, que por aquí nunca fue mucho, y así languidecen ahora más allá de la nostalgia de tiempos mejores las escasas empresas que todavía sobreviven. Como la economía son ciclos, nos dicen, todo pasará, pero mientras tanto los «guiris» somos nosotros. Las pocas compañías que quedan se han lanzado obligatoriamente a la exportación —que es la emigración de bienes— para mantener mercado, los jóvenes y parados en muchos casos sólo encuentran empleo en países que conservaron y potenciaron el tejido productivo. Mientras llega y no llega la marea, piensa uno, convendría comenzar a construir una economía menos superficial, más centrada en la producción y menos en la atención al público. Con andamios basados en nosotros mismos. No por ello vamos a ser menos dignos de que los turistas entren en nuestra casa. Somos nuestra mayor riqueza. No pretendamos fiar todo nuestro futuro a enseñar el unicornio que tenemos en el jardín.