TRIBUNA
Mi amiga Isabel Carrasco
Fue hace tiempo, allá por 1988, durante la recepción de las obras de restauración de la iglesia de San Martín de Salas de los Barrios… lo recuerdo bien. En medio del grupo de gente allí congregados se alzó la voz chillona de una niñata que apenas había cumplido los treinta, «a ver, el arquitecto, que es eso del tercelete caído», yo di un tímido paso al frente, y empecé a explicar como habíamos repuesto el nervio a esa bóveda gótica. «Bien. ¿Y el osario bajo la sacristía?». Esa chavala, que había asumido poco antes el cargo de delegada territorial de la Junta, no solo se había estudiado mi proyecto, sino que nos estaba examinando a mí y a la obra que finalizábamos. Cuando se dio por satisfecha, sin apenas despedirse, se subió al coche con el párroco don Augusto y se fueron a toda velocidad, a conocer los problemas de los otros templos, plazas y fuentes de los pueblos vecinos. Y allí quedamos sentados y exhaustos, San Martín en su iglesia, la contrata, los obreros y yo.
Poco tiempo después, la vida quiso que nos fuésemos haciendo amigos. Compartimos alegrías y preocupaciones, la vi reír muchas veces y la vi llorar… en dos ocasiones al sentirse traicionada y abandonada. Cardo borriquero para las expresiones afectivas; cuando su hija la abrazaba decía «quita, quita» y le retiraba el brazo mientras disimulaba su satisfacción en un gesto más paterno que materno (lo cierto es que le tocó hacer los dos papeles); bajo esa coraza disimulaba un gran corazón, siempre atento a las necesidades de los demás.
Cuando asumía la responsabilidad de ponerse al timón de una Administración Pública, conocedora como nadie de los mecanismos administrativos, en su cerebro se dibujaba todo el organigrama de ese ente complejo, todos sus servicios, todas sus áreas,… Pronto hacía los ajustes precisos, y después, al ritmo de tambor que eran sus puñetazos en la mesa, la nave se ponía a andar.
Isabel no era de los que una vez que alcanzan el poder se dedican a «calentar el sillón», cuidándose de no molestar para perpetuarse en el cargo. Su estilo era el contrario. En cuanto percibía qué evitaba el buen funcionamiento administrativo, que lo frenaba, allí acudía cual labrador con la azada a arrancar las malas hierbas que obstruían el natural fluir del agua. A golpes de azada y mal genio se dedicó siempre a desmontar intereses creados. Por esto era odiada. Por esto fue asesinada.
No es extraño que la tachasen de dictadora; desde fuera daba la sensación que trabajar con Isabel tenía que ser horrible. Sus órdenes eran secas y tajantes; no admitía un no, o un pero, por respuesta; y, todo había de realizarse prontamente…Eso era desde fuera, lo cierto es que siempre escuchaba y ajustaba su criterio, aunque el resultado seguía pareciendo una orden.
Vestida de modo llamativo y con unos tacones de vértigo, con espíritu resuelto y carente de timidez, siempre se plantaba en medio de la foto. Bien fuese en Bruselas en una reunión de ministros, en Madrid entre senadores, o en el más recóndito pueblo de León entre labradores; ella representaba a los ciudadanos (que representase en ese momento de su vida), y sus intereses eran defendidos, ¡vaya si eran defendidos! A todos trataba por igual, ministros o mineros, comisarios europeos o alcaldes de pueblo; y nadie discutía a esa mujer con carácter, el centro de la foto.
Me molestó oír como personas normales, no especialmente malintencionadas, justificaban su muerte diciendo: «claro, con el poder que tenía…» o «bueno…, pero no merecía morir así». ¡Es increíble! No se dan cuenta que con sus comentarios están justificando el asesinato, o, en el mejor de los casos le perdonan la vida, pero la culpan de haber tenido poder, de ser inteligente, de ser diferente. Siento contradecir a todas las mentes torticeras para quien la imagen de esa mujer decidida y vestir llamativo, se completa con una moral dudosa y un espíritu egoísta; pues están equivocadas. No niego que manejase los hilos del poder, tejía con ellos; ni que se relacionase con gente poderosa, se relacionaba con todo el mundo; pero yo sé, quienes la conocimos sabemos, que era una persona íntegra, de moral recta.
El fatídico día que la mataron solo tuvo algo positivo, la inmediatez. Que ella muriera instantáneamente, (sin sufrir, queremos pensar). Y, que las asesinas fueran detenidas cuando la sangre aún no se había secado; sino las conjeturas sobre la autoría serían ilimitadas.
Si exceptuamos el incontenible sufrimiento de Loreto, la desesperanza de Jesús, el abatimiento de tus hermanas, y el dolor de tus amigos; tu entierro te habría gustado, Isabel. El salón de plenos de la Diputación, epicentro de la provincia de León por la que diste la vida, fue preparado para recibirte. Tu caja cubierta con la bandera de España que tanto amabas, sobre ella el bastón de mando. Durante más de seis horas tus paisanos desfilaron para darte su adiós.
La Catedral parecía más alta, las bóvedas ambarinas flotaban en lo alto, mientras la multicolor luz de las vidrieras todo lo inundaba, diríase que el templo se había aupado para recibir tu cuerpo pequeño. Cuando saliste a la plaza, la gente allí abarrotada estalló en un aplauso; al oírlo al interior, como el eco respondimos con otro aplauso cerrado. El pueblo, tu pueblo, nos volvía a dar una lección a las autoridades y a tus conocidos.
Ha pasado un mes. Sé que con el tiempo esta ausencia que sufro se irá mitigando; viendo cómo me encuentro no quiero ni pensar como se sentirán Loreto, o Jesús, o tus hermanas, o tus otros amigos; aunque hablemos de vez en cuando, y todos nos echemos las manos a la cara sin entender cómo alguien pudo matarte, como alguien pudo matarnos. Cuando quiera que nos volvamos a encontrar, aún sabiendo que no te gustan las zalamerías, pienso apartar las espinas de tu coraza y darte un fuerte abrazo, y decirte cuanto te hemos echado de menos, cuanto nos has faltado, Isabel Carrasco.